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Jueves 4 Diciembre, 2008

Al sur del Río Grande

Wilmer Murillo

Ni en el discurso del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, ni en las declaraciones de los dirigentes políticos de esa nación, se ha propuesto la creación de un programa novísimo, brillante y costoso para resolver con asistencia las dificultades de los pueblos latinoamericanos con conceptos norteamericanos, lo cual es un notable avance.
La política hemisférica ha estado en crisis desde hace 175 años. Tan solo en dos épocas —la de Franklin Delano Roosevelt y la de John F. Kennedy— hemos tenido un real entendimiento sobre los objetivos comunes de América Latina y de Estados Unidos.
Aquella historia de las relaciones continentales se resume en una línea llena de zigzags con altibajos y caídas que se producen desde la Doctrina Monroe el 2 de diciembre de 1823. La advertencia a Europa de que no debía colonizar el Hemisferio Occidental fue un gesto de arrogancia y marcó el primer acto de unilateralismo de Estados Unidos.
Después de las intervenciones de Estados Unidos, a principios del siglo pasado en la región del Caribe, la década de 1934 hasta 1944 fue una especie de edad dorada, la belle epoque del panamericanismo inspirada por el presidente Franklin Delano Roosevelt y justificada por el temor del expansionismo nazi en el Hemisferio Occidental.
El tono empleado en la Casa Blanca y el Departamento de Estado era cordial. El mandatario que frenaba en su propio país los excesos de un capitalismo desbordado y voraz con las reglas de equilibrio social del New Deal subrayó también con actos positivos y tan significativos como la abolición de la enmienda Platt que pesaba sobre Cuba como un yugo, la política de Buena Vecindad.
Una era fructuosa de conferencias se inició entonces, que permitió en Chapultepec en 1945 y en Bogotá en 1948, articular un sistema regional de seguridad colectiva contra todo tipo de agresiones y definir los principios jurídicos en que descansa todavía la Organización de los Estados Americanos. Poco a poco se tuvo la impresión de que, pasada la emergencia la política de Buena Vecindad empezaba a desdibujarse y apareció la del Vino Amargo, que describió el hermano del presidente Dwight Eisenhower, Milton en su obra The Wine es Bitter a su regreso en 1953 de una misión por la América Latina.
Los efectos benéficos de la Buena Vecindad se perdieron en un mar de angustiosos reclamos económicos de los países ubicados al sur del Río Grande cuando el nivel de precios de las materias primas de las cuales dependían las balanzas de aquellos países ofrecía, desde 1947, en adelante fluctuaciones inmoderadas.
Un investigador estadounidense John P. Powelson profesor de la Universidad John Hopkins, de Baltimore, trazó el curso sinuoso de tres mercancías: el cobre, el azúcar y el café anotando los perjuicios causados a la economía chilena por la renuencia de las compañías concesionarias extranjeras para pagar más altos impuestos, disminuyendo la producción: el forcejeo de las cuotas azucareras con la intención de obtener una baja de precios y las diferencias constantes en los precios del café que representaban millones de dólares para la mitad de los países de la América Latina.
Eran necesarias, decía Milton Eisenhower, saludables medidas: una política estable de comercio, la rebaja de cuotas y aranceles y mayores préstamos a largo plazo. Prebisch diagnosticaba a su turno que el ritmo de las exportaciones impulsado por la política sustitutiva de artículos europeos durante la emergencia mundial tocaba a su fin.
Economic Cooperation escribía el primero is whithout question the key to better relation between the United State and the nations of the south, o en otros términos la cooperación económica es sin lugar a duda la llave de las buenas relaciones entre Estados Unidos y las naciones del sur.
No es necesario saber si continúa el Low Profile o desinterés de Estados Unidos hacia América Latina como continente situado fuera de las zonas estratégicas.
Latinoamérica sin embargo, no puede vivir de promesas, pero lo importante, hoy en día, son los acuerdos que articulan programas de industrialización, comercio, tecnología y desarrollo.
Parece inequívoco que en el Hemisferio Occidental no cabe una política de paternalismo, cercana al colonialismo. Y se cumple en una época de diálogo a todos los niveles del orbe. Ciertamente América Latina necesita armonizar los intereses de una potencia planetaria con el desarrollo de los países ubicados al sur del Río Grande. No es una tarea fácil, pero debemos intentarla.
La lección es que posiblemente sería mejor estar agradecidos que inquietos por el tono menor y prudente de la política estadounidense con los demás países del hemisferio.