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Jueves 30 Agosto, 2007

Adiós al maestro Umbral


Hace muchos años, cuando empecé a escribir mis primeros versos y prosas, el escritor que siempre quise ser, fue Francisco Umbral, a quien hoy el pueblo español de las letras y el desgarrón del culto verso hispanoamericano le dijeron adiós. Al joven de provincia que disfrutó la más exquisita prosa madrileña, heroica, del periodismo español forjado por las armas literarias de Valladolid, en donde colaboró junto con Miguel Delibes en el Norte de Castilla.
Deseo recordar al maestro por el cual esta mañana lloré, como pocas veces he llorado. Francisco Umbral fue uno de los pocos escritores que demostraron que después de la posguerra española, las aulas estaban olvidadas, y que el elemento claro era buscar la palabra exacta para hacer de la vida una obra, pasando por el presente existencial. No existe una sola novela, un solo ensayo, un solo artículo en donde no se establecieran los frescos canales de la presencia vital de Umbral. Francisco Umbral, quien falleció a sus 72 años en Madrid el 28 de agosto de 2007, dejó más de 100 libros y una vida galardonada, desde el Premio Nadal (por poner un ejemplo con su mirífica novela “Las Ninfas”), hasta el máximo galardón de las letras hispanas, el Premio Miguel de Cervantes año 2000.
Umbral, con su mirada desmitificadora, e incluso para algunos escandalosa, logró un estilo literario poco visto al cultivar tantos géneros y de igual manera, vivir para escribir, es decir, el compromiso que optó la prosa de este hombre que nos dejó su genio, era agilizar su propia vida con un propósito mortal, como lo fue “Mortal y Rosa”, una obra maestra del siglo XX. Siempre dijo lo que tenía que decir, siempre actuó cómo debió actuar, dejando quizás a mucha gente malhumorada. Umbral metafóricamente no era una estatua con un pedestal, pero sí un hombre que veía en la literatura una forma de nacer y morir al mismo tiempo. Su prosa, su verso, su artículo, era el mismo, pero con una proyección diferente. Tenía la capacidad de escribir una novela inmensa de espacio y contenido, sin embargo, en algún adjetivo o frase, se desnudaba completamente y consagraba un tiempo, un color de la vida, una filosofía por contar, o ya bien por volverla a contar a su manera, a su estilo muy comparado a Quevedo y a Valle-Inclán. Su humorismo nunca se escapaba, y la ironía era un espacio de seguir meditando sobre la existencia. Ya muy enfermo, le dictó a su mujer María España, la columna diaria en el periódico El Mundo. Como reitero en estas pequeñas palabras, Umbral sembró una narrativa original, con un estilo muy alejado a las vanguardias de su tiempo, ya que él no formaba parte de ninguna generación, es decir, en el momento que él empieza a escribir. El amor por la palabra venía de forma automatizada, ya después de palpar un átomo en la perpetuidad de su universo, pero con una voz lírica, nostálgica de un tiempo que siempre lo proyectó.
El dandismo literario, la bohemia del Gijón, del Chicote de Madrid, las lecturas rebuscadas, no fueron humo en el tránsito de su obra. En medio de ninfas, ladrones, homosexuales, prostitutas, se llegó a encontrar siempre a Madrid, la tierra que tanto amó, en medio de muchas agonías y soledades.
Hoy España está de luto, el mundo de las letras está de luto, y hoy pienso, en una frase de Camilo José Cela: “me adhiero a la violencia verbal de Paco Umbral”, y sin duda, su violencia dulce de palabras, de mar silábico compuesto con la armonía de Baudelaire, quedarán en el futuro colegio que llevará su nombre y una calle en la cual siempre estará en el corazón de todos los lectores.
Le digo adiós maestro, a usted, que reivindicó el verbo en todo momento, en todo salón, en toda España, en todo instante. A usted que hoy nos deja sus sabidurías y sus consejos, le digo adiós.

Ronny Pizarro Machado
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Cédula: 1-1027-0471