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Adefesio indefendible

Torpe versión remozada de una película de culto de 1975, desvirtúa su significado

“Death Race – La carrera de la muerte”
(“Death Race”)
Dirección: Paul W.S. Anderson. Reparto: Jason Statham, Joan Allen, Ian McShane, Tyrese Gibson. Duración: 1.45. Origen: Estados Unidos. 2008. Calificación: 2.

Producida por el gurú del cine independiente Roger Corman, “La carrera de la muerte” (Death Race 2000, 1975) de Paul Bartel, adquirió fama clandestina como irreverente película de culto. En su reparto, destacaban David Carradine y un joven Sylvester Stallone, haciendo de villano. El argumento gira alrededor de una competencia automovilística, ambientada en el futuro, cuyos concursantes acumulan puntos por cada peatón que atropellan en la carretera. Es una acre sátira de la inseguridad vial, la irresponsabilidad de ciertos conductores y la cultura de la brutalidad en Estados Unidos.
Estas facetas críticas están ausentes en el refrito estelarizado por Jason Statham, bajo la dirección de Paul W.S. Anderson. Aunque el nombre de Corman sale en los créditos, como productor ejecutivo, su aporte es nulo. Esta torpe versión remozada, desvirtúa el significado de la cinta original, convirtiéndose en una obtusa celebración de la alta velocidad y de la violencia gratuita.
Esta vez, la acción se desarrolla en 2012, cuando las cárceles de máxima seguridad serán administradas por empresas privadas. Injustamente acusado de masacrar a su familia, Jensen Ames es enviado a prisión. Aquí, le ofrecen participar en una carrera sangrienta, tomando el lugar de un difunto campeón llamado Frankenstein. El evento, dividido en tres etapas y caracterizado por la abundancia de accidentes mortales, se transmite en directo, en todo el planeta, a través de Internet.
Conocido por haber llevado al cine videojuegos como “Mortal Kombat” (1995) y “Resident Evil” (2002), Paul W.S. Anderson parece intencionado en continuar por el mismo camino, aun cuando no haga falta. Su nueva realización recuerda un pasatiempo de Playstation, privado del elemento interactivo. Las etapas del torneo cumplen la misma función de los niveles de dificultad. Hay otras similitudes: cuando los vehículos pasan por unos sensores, adquieren armas y municiones, exactamente como en un juego electrónico.
Sin control remoto, las posibilidades de diversión son muy reducidas. Además, la técnica es deficiente, con un exceso de planos cerrados, cámara temblorosa y un montaje demasiado veloz. La presentación visual es tan caótica, que casi siempre cuesta descifrar qué ocurre en pantalla.
Las ineptas actuaciones completan un cuadro bastante deprimente. “La carrera de la muerte” es un adefesio indefendible y da lástima ver a una artista de altura como Joan Allen, involucrada en semejante fiasco.
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