Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 6 Febrero, 2010


ELOGIOS
Abundio y el gallinero

Hace años que no veo a Abundio Gutiérrez, titular de la caja de Compensación Social y otrora presidente ejecutivo del CNP y embajador en Nicaragua, al igual que a Rafael Chinchilla, quien fuera contralor de la República y embajador en Colombia, lo mismo que a su esposa, a quien tuve el privilegio de entrenar en Supervisión de Ventas de Avon en CEFA a principios de los setenta, cuando los Garnier estaban en el edificio de la esquina de la farmacia sobre la Avenida Central, a cien metros del costado norte de La Merced.
Hermosa gente de la que aprendí mucho recién llegado a Tiquicia, al igual que de don Jaime Solera, Toño Cañas, Andrés Pozuelo y Beto González Taurel. Don Jaime me instruía constantemente en el carácter tico que al principio yo no llegaba a captar y me explicaba la importancia de la no ostentación de parte de la gente que se destacaba en cualquier actividad, en especial la económica.
Don Jaime me explicaba —porque tenía un Oldsmóbile con varios años de uso— que nadie tenía derecho en esta sociedad de alardear ante los otros de nada ya que el sentido de “bombeta” era un pecado imperdonable y me decía que uno podía vivir adecuadamente a sus posibilidades, pero debía hacerlo de tal modo que no hiriera a los otros con su ventaja, era sencillo: se trataba de respetar al otro, al que no había logrado lo suficiente para dejar de pertenecer al conglomerado de los menos favorecidos.
La primera vez que fui al Tennis Club con Andrés Pozuelo, quería una medida de whisky pero previamente pregunté si podía pedir un trago que no fuera guaro o cerveza, a poco vi que el capataz de la fábrica de Jack’s estaba en una mesa con una botella abierta de whisky y cuando pregunté —de puro curioso-— me dijeron: “es que aquí somos muy igualados”.
El tiempo pasó, la vida cambió y a su paso apareció otra gente, ni mejor ni peor, pero distinta y hubo nuevas y costosas urbanizaciones, un remedo de “jet set” y se crea o no, una mejenguera farándula, tan pasajera como ridícula.
Hace pocos días dije algo de eso en el Programa de Educación Abierta “Vida abundante” y aclaré que nadie me lo había explicado tan claramente como “mi amigo Abundio Gutiérrez” hacía muchos años cuando me expuso la situación al decirme que en Costa Rica la política era como la vida y ambas semejaban al gallinero: la gallina que está en el palo de arriba debe ser cuidadosa de no cuitear a la gallina de abajo al hacer sus necesidades porque dentro de cuatro años la gallina de abajo pasaría arriba y la de arriba se ubicaría abajo y allí se equilibrarían las cuitas.
Alguien, de la numerosa concurrencia de un público gratificante le contó a Abundio lo que dije en mi conferencia y pocas horas después, Abundio me ubicó y me telefoneó para agradecerme la mención de la fábula y de la declaración de amistad; fue un lujo y una enorme alegría retomar la conversa con gente que contribuyó a darnos lecciones ciudadanas y éticas de las que estamos orgullosos, porque determinan un carácter nacional que se va perdiendo en alas de la patanería, el mal gusto y la inclinación por el imperio de lo ordinario y la pachuquería.

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