AAA estadounidense se vuelve risible
Enviar
AAA estadounidense se vuelve risible

De pronto esas reservas de $3 billones parecen una mala idea.
En el caso de China, muy mala, conforme los inversores muestran una evidente preferencia por el yen sobre los dólares. El hecho de que los pagarés de un país endeudado, que envejece, se encuentra a la deriva en el plano político y que aún sufre las consecuencias de un fuerte terremoto y una crisis nuclear parezcan más seguros que los bonos del Tesoro de los Estados Unidos, lo dice todo.

Muchos inversores todavía ven la monstruosa pila de reservas de China como un punto fuerte. Consideran que China está protegida contra un apocalipsis financiero. En realidad, China está atrapada y se esfuerza por encontrar salidas que no existen. ¿Vender dólares para comprar deuda griega? Bien. ¿Pasar a obligaciones negociables italianas? Tal vez no. ¿Buscar una cantidad suficiente de francos suizos disponibles para diversificarse? Buena suerte.
Siempre está Japón. Dos problemas inmediatos me vienen a la mente. Uno: los bonos a 10 años rinden un insignificante 1,06%, aproximadamente la tercera parte del rendimiento de los bonos estadounidenses comparables. Dos: dado que alrededor del 95% de la deuda pendiente de Japón se encuentra guardada bajo esteras tatami en el país, China no podría conseguir lo suficiente como para que el ejercicio valiera la pena. Los mercados de bonos de otros lugares de Asia son demasiado pequeños o demasiado ilíquidos para que pudieran servir de ayuda.
A medida que transcurre 2011, la arquitectura de Bretton Woods II que creó Asia luego de la crisis de 1997 no sólo se está desmoronando, sino que pone en peligro billones de dólares de riqueza del estado. Las ideas románticas sobre un retorno al mundo original de Bretton Woods del patrón oro no son realistas en un sistema global tan apalancado y opaco como el nuestro. Tampoco lo es salvar a su sucesor, en el que Asia estableció de facto las paridades fijas respecto del dólar y acumuló montañas de reservas para protegerlas.
Nadie desarrolló ese juego con mayor habilidad y diligencia que China. Un yuan subvaluado es lo que aglutina y fortalece la segunda economía del mundo. Pero se está haciendo más difícil de mantener en momentos en que el presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Ben S. Bernanke, flirtea con otra ronda de flexibilización cuantitativa, o QE3, y el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, se endeuda hasta el cuello.
Más aun, se hace más caro cada día. Nada lo hace tan evidente como las recientes advertencias de Standard Poor’s y Moody’s Investors Service. Ambas consideran una reducción de la calificación AAA de los Estados Unidos. Es muy bueno ver que S&P y Moody’s no sólo muestran cierta decisión, sino que también se plantan ante el deterioro de la situación fiscal de los Estados Unidos.
La idea de que en la actualidad alguna economía merezca la máxima calificación es risible. Los funcionarios chinos toman cada vez mayor conciencia de que el chiste son ellos. Los $1,2 billones de bonos del Tesoro estadounidense que tiene China son sólo una parte de ese chiste. La otra es el entusiasmo con el que China viene comprando deuda emitida por Grecia, Portugal y otros eslabones débiles del euro.
Todo eso ha dado lugar a una diplomacia fascinante. Ahora China implora a los Estados Unidos que proteja el dólar. Cuando la secretaria de Estado Hillary Clinton visita Pekín, la deuda estadounidense forma parte tan importante de la agenda como los derechos humanos. Europa espera que China contribuya a que sus economías en problemas eviten la necesidad de un rescate del Fondo Monetario Internacional. Japón trata de ganarse la buena voluntad de Washington mediante promesas de que no se deshará de los dólares que tiene.
Así como China se convirtió en una gran ganadora luego de los atentados terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos, llegó a la cima a partir de la crisis financiera de 2008. Los Estados Unidos pasaron los años posteriores a los atentados librando guerras caras e inútiles y distanciándose de buena parte del mundo. China lo aprovechó al máximo: cultivó amistades y obtuvo contratos de energía y materias primas. Ahora China vuelve a llenar el vacío, y construye carreteras, puentes y redes eléctricas en todo el mundo a los efectos de fortalecer relaciones.
Acumular deuda europea es un ejemplo. La motivación es más política que económica.
La economía, sin embargo, tiende a imponerse a los programas de los políticos y a sus cálculos. Ese fue el caso del efecto dominó en Asia a fines de la década de 1990. En Indonesia, volteó al presidente Suharto. En Corea del Sur, el caos financiero ayudó a un ex disidente, Kim Dae-Jung, a llegar a la presidencia.
Es la paradoja de nuestra época. Los que quieren una participación en la economía global tienen que estar dispuestos a regirse por los caprichos de millones de inversores nerviosos que mueven los mercados. Europa está aprendiendo esa lección a medida que las agencias calificadoras se muestran más que ansiosas por declarar reducciones de la calificación de la deuda soberana. También los Estados Unidos se encuentran ante el límite de su capacidad de apaciguar a S&P y Moody’s. Eso es lo que pasa cuando los legisladores llevan a cabo juegos políticos con el límite de endeudamiento estadounidense.
China y el resto de Asia se encuentran atrapados en el medio. La inclinación de la región por acumular dólares nunca fue una buena idea, y empieza a parecer la mayor maniobra piramidal del mundo. Si China tratara de vender, los mercados se derrumbarían. Sus compras de dólares, por lo tanto, aumentan una burbuja financiera de una magnitud sin precedentes. Pues bien, la operación cambiaria más audaz de la historia puede estar a punto de fracasar, y no es motivo de risa.

(William Pesek es columnista de Bloomberg View. Las opiniones que expresa son personales.)
Nueva York

Ver comentarios