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Debemos pasar de la cultura del consumo descontrolado, a una que nos dé las comodidades a que estamos acostumbrados, sin derrochar ni la energía eléctrica ni otros recursos no renovables, como el agua. La tecnología nos ayuda


¡A mover la conciencia!

Nos acostumbraron a no mover más que un dedo para apagar el televisor. Gracias a ese tipo de hábitos, entre otros, tenemos que ir tanto al gimnasio.
Sin embargo ahora tendremos que aprender a desconectar el tele del enchufe, al igual que otros electrodomésticos, si queremos no solo ahorrar energía sino actuar con conciencia de la necesidad de ahorro energético que tiene el país.
Una nota de este medio el viernes anterior nos da una serie de recomendaciones muy buenas para defendernos de los “vampiros eléctricos” que tenemos en las casas, oficinas, centros educativos, comercio, fábricas…
Los electrodomésticos siguen consumiendo aunque estén “apagados”, por tener alguna luz en sus pantallas o emitir alguna señal constante como la hora u otras.
Uno puede pensar que a estas alturas las casas deberían contar, en su sistema eléctrico, con un botón que al accionarlo nos desconectara todos los electrodomésticos que no necesitan estar encendidos (la refrigeradora y la alarma sí, por ejemplo) y que este “apagador colectivo” lo use la última persona en acostarse cada noche. Pero no vivimos la mayoría aún en casas con esa posibilidad o inteligentes.
Sin embargo, tenemos entendido que los avances tecnológicos ya nos dan la opción de conectar al sistema eléctrico de una casa o a los electrodomésticos, dispositivos que den órdenes o programen los apagados completos aunque la casa no haya sido diseñada como vivienda inteligente.
Es evidente que deberemos pasar de la cultura del consumo descontrolado, a una que nos dé las comodidades a que estamos acostumbrados, sin derrochar ni la energía eléctrica ni otros recursos no renovables, como el agua. La tecnología, de hecho, nos ayuda.
No obstante, hay una parte de los cambios que no pueden generarlos los adelantos tecnológicos. Se trata de nuestros hábitos, arraigados en todo un siglo de creer que todo puede seguir derrochándose sin consecuencias.
Esto deberán aprenderlo los niños desde que nacen, en sus casas y en los centros de cuido y educativos. Si somos capaces de hacerlo, demostraremos a las próximas generaciones que no solo sabíamos usar todo sino también hacer sostenible ese uso para ellos.
 



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