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La clase política se ha dedicado más a crear maquinarias electoreras que a forjar ideales y cultivar líderes honorables, de sólidos principios y capacidad para gobernar. Los resultados de esto, los vemos hoy en varias de nuestras instituciones


Un cáncer que tiene cura

La gran preocupación de los costarricenses por la corrupción existente en el país, reflejada en las encuestas de CID Gallup para este medio, que la colocan en el primer lugar entre los problemas que agobian a la población, es aceptada incluso por la Presidenta Chinchilla, quien asegura que aún hay mucho espacio para mejorar los estándares de las instituciones.
La ausencia de voluntad política para ponerles freno a esas prácticas, por llamarlas de algún modo, ha permitido que creciera el problema y en los últimos años la prensa ha hecho de conocimiento público la situación.
No es un mal únicamente de este país. Lo demuestran los grandes escándalos de corrupción público-privada en el mundo de los cuales se entera hoy mucho más la gente gracias a la globalizada información de los medios.
Una pérdida de los principales valores del ser humano ha sido el resultado de modelos de desarrollo donde prevalecieron los aspectos materiales. Estos son necesarios pero no deben obtenerse por la vía fácil, la del menor esfuerzo o como fruto de la corrupción.
Hubo un grave descuido de los sólidos principios y convicciones necesarios en todo verdadero progreso.
La prosperidad debe provenir del trabajo, la ética, la decencia y el sano orgullo de avanzar hacia una mejor calidad de vida por un camino limpio, transparente.
Aunque esta falla de la sociedad nos atañe a todos, la responsabilidad directa de lo que ocurre en las instituciones corresponde a la clase política que, desde el poder, es la que nombra a ministros, juntas directivas, y altos jerarcas que debieron ser los encargados de garantizar operaciones limpias al interior de las entidades a su cargo.
Es decir, que el problema tiene su origen en el seno mismo de las agrupaciones políticas, de donde surgen los líderes y sus grupos de confianza que pasan, luego de las elecciones nacionales, a ocupar los principales cargos públicos que definirán el accionar de cada entidad.
El problema es muy serio porque en él se origina la desconfianza que, sumada a un Estado más abundante que eficiente, genera ingobernabilidad.
La clase política se ha dedicado más a crear maquinarias electoreras que a forjar ideales y cultivar líderes honorables, de sólidos principios y capacidad para gobernar.
Los resultados de esto, los vemos hoy en varias de nuestras instituciones y en la deficiencia de su funcionamiento.
A las puertas de una nueva campaña para elecciones nacionales, la clase política tiene la palabra.
No obstante, los costarricenses no desean ya discursos. Serán únicamente las acciones comprobadas, las capaces de devolver la perdida credibilidad.
 

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