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Sábado 16 Agosto, 2014

Las casas se van quedando, pero el hogar se muda con nuestros pasos, aunque para darlos, tomemos más tiempo del que pensamos


La otra casa

Era una casa temporal (“mientras tanto”, solemos decir) porque no alcanzaba el dinero para nada más y había que salir adelante cómo se pudiera. Sembramos un árbol (por si acaso) con la idea de que no lo llegaríamos a ver crecer totalmente.
Pero los días empezaron a hacerse cortos y el dinero nunca alcanzó para dar el siguiente paso. Los que iban a ser unos meses, quizá un par de años, se hicieron ocho. Y tuvimos tiempo para ver al árbol de naranja producir toronjas: las cosas no son siempre lo que parecen.


Vimos vecinos llegar con la misma idea que nosotros e irse primero, no una, sino varias veces. Tocó tapar goteras, arreglar portones, cambiar llaves, llavines y hasta sillones. Mas siempre teníamos la meta fija en la cabeza: algún día nos iríamos… algún día.
Por fin ahora se hizo posible; no es aquella casita de encanto con un terreno enorme, llena de árboles y una terracita para tomarse un café al caer la tarde, ni siquiera es nuestra casa, pero al menos es una distinta. Más cerca de la familia, del trabajo, de los sueños inalcanzables.
Por fin podré despedirme del vecino mecánico, al que le encanta arreglar carros frente a mi cochera; del señor de la casa de atrás que algunos domingos en la madrugada le gusta escuchar rancheras a todo volumen, de los buses que no pasan o vienen llenos, de las alergias provocadas por el frío de esta montañita que al principio me pareció tan pintoresca.
Pero al partir, también aparece la nostalgia; porque sin querer, durante esos años la casa se hizo pequeña y terminé pintando de violeta lo que debió ser una oficina, porque llenamos las paredes con dibujos de flores y animalitos, porque cambiamos el escritorio por una cuna y los libros por ropa muy chiquita.
Aquí dio mi hija sus primeros pasos (y yo con ella), aquí nos encontraron dos de nuestros perros y nos adoptaron como familia, aquí escribí mi primera novela y, por lo tanto, el “8A” de nuestra puerta lo será por siempre de la de unos amables osos a los que les encanta la pasta. Aquí lloramos la enfermedad y la muerte, pero también reímos muchas, muchísimas veces.
Hoy estamos entre cajas, otra casa nos espera, con nuevos problemas y motivos de queja, con recuerdos por forjarse, con la idea clara de que estaremos allí “mientras tanto”.
Las casas son cosas donde ponemos otras cosas.
Y aunque todo esto suene al mismo melodrama de siempre, he de reconocer que las casas se van quedando, pero el hogar se muda con nuestros pasos, aunque para darlos, tomemos más tiempo del que pensamos en un principio.

Rafael León Hernández