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Centros educativos sin violencia, programas atractivos y creativas formas desplegadas por los educadores, deberían despertar el entusiasmo de los alumnos por el conocimiento

Hay que despertar entusiasmo


Lo expresado por jóvenes estudiantes consultados por LA REPUBLICA para saber cómo aumentar el atractivo del sistema educativo y evitar así la deserción, es elocuente.
Ellos han señalado aspectos reflejados en una nota de este medio el viernes anterior, que demuestran su necesidad de espacios más agradables y seguros, libres de drogas y de los diferentes tipos de violencia, cursos más interesantes y más actividades extracurriculares.
Sobre lo primero, la infraestructura y la seguridad, no caben más comentarios. Nadie es capaz de estudiar bien y desplegar al máximo su potencial de aprendizaje si se siente en un medio amenazante. No se necesitan lujos sino espacios de paz, agradables aunque sencillos y libres de drogas o violencia, con acceso a los modernos instrumentos tecnológicos.
Sobre “cursos más interesantes y actividades extracurriculares”, parece evidenciar claramente que los actuales programas no los inspiran a adquirir conocimientos, los aburren, probablemente no solo porque los contenidos se planteen alejados de su realidad, sino porque la forma de llevar a cabo los procesos de enseñanza aprendizaje podrían haberse quedado rezagados.
Además, se habla bastante hoy de la necesidad de acoplar más las exigencias del mercado de trabajo con lo que provee la educación. Pero esta aspiración no es ni simple ni fácil. Si así la viéramos y la lleváramos a cabo estaríamos minimizando la importancia de las vocaciones y de la formación integral de las personas.
Es necesario profundizar en el tema para diseñar luego un método que puedan aplicar nuestros maestros y profesores luego de un periodo de adiestramiento, capaz de despertar interés y vocación por carreras universitarias y técnicas que sirvan al mercado de trabajo a la vez que satisfagan y estimulen el deseo de conocimiento en los alumnos.
Los niños y adolescentes de hoy no deberían aspirar a entrar en la sociedad del conocimiento, provistos de lo mínimo, aprendido solo por una asfixiante necesidad laboral, sino por el entusiasmo que lograran despertar en ellos las ofertas educativas, los programas y las creativas formas desplegadas por los educadores.


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