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Viernes 8 Marzo, 2013

En este país, probablemente por su vocación democrática, se dan oportunidades de revivir identidades olvidadas de las áreas rurales, para beneficio de varios sectores


En Costa Rica sí se puede

Hace 11 años, soñé con un cielo azul profundo, unas hojas de caña brava meciéndose en el viento y unas colinas enfrente. Me dije: “aquí está la respuesta a todas las cosas”.
Seis meses más tarde, venía de trabajar con artistas urbanos y locales en el “Encuentro en Punta Islita”, Guanacaste, y reviví la misma escena de mi sueño.
Sí, “la respuesta a todas las cosas” estaba aquí, en Costa Rica.
A pesar de haber desarrollado proyectos de arte y turismo comunitarios en otros sitios, en ningún otro país las oportunidades de adentrarse en las identidades olvidadas de las áreas rurales es tan posible como aquí, probablemente por la vocación democrática del país.
Punta Islita y el grupo de las Papaturras, mujeres con las que trabajé psicogenealogía aunada al apoyo artístico de Loida Pretiz, hicieron posible proyectos que hasta hoy rinden frutos únicos: Bosquemar y sus diseños audaces sobre madera recogida en la playa, los grabados de los niños y la cerámica de las Cantarrias.
Pero más que eso, se trata de personas que no se quedaron en el artesanato sino que se empoderaron mediante el arte.
Por otro lado, se implementó una sinergia identitaria con el hotel, lo que yo llamo un “Hotel Destino”, en el que todos ganan.
La comunidad se beneficia porque encuentra la fuerza en su vida rural sin tener que partir a zonas urbanas “para vivir mejor”.
El hotel, gana porque se convierte en un destino altamente diferenciado por la identidad de las comunidades aledañas. Y por supuesto, los huéspedes, porque viven una experiencia inédita en el turismo mundial.
Posteriormente, tuve la oportunidad de proyectar Fundación Tayutic, para el rescate del patrimonio precolombino de Costa Rica, adscrito a Hacienda Tayutic, hacienda-hotel de Turrialba a la que también invité a artistas urbanos a trabajar con las comunidades de Sitio de Mata y El Silencio, quienes compartieron sus propuestas con esos artistas poderosos que viven en las identidades rurales de este país.
A la fecha, el proyecto de la Fundación se ha centrado en un museo para el sitio arqueológico de Guayabo.
Otra iniciativa de encuentro, la desarrollé con el apoyo de Aurora Gámez en Hotel Almendros y Corales en Manzanillo, y junto a Georgina Álvarez, en Eco desarrollo Papagayo, en la misma línea.
El más reciente de esos hermosos proyectos que he podido crear, en este sentido, lo desarrollé en La Zona de Entrenarte.
Gracias a la vocación descolonial y participativa que implementé junto a sus directoras, fuimos invitadas por la Escuela Nacional de Artes Plásticas de Guatemala para ofrecer nuestra praxis con el fin de que los estudiantes rurales comprendan las grandes posibilidades que ofrece la riqueza identitaria de sus propias comunidades para proyectos conjuntos.
La importancia de volver a las raíces en lugar de buscar parecerse a lo que se hace fuera de nuestras fronteras.
Actualmente, continúo con mi proyecto “Arteresponsable” con la intención de ampliar la mirada, dejar atrás el narcisismo que conduce a la repetición de fórmulas, y trabajar en comunidad, que nos hace ver mucho más allá y ampliar nuestro potencial, pero no con un sentido de beneficencia, sino de igualdad y así ampliar las posibilidades de mercadeo de artistas, comunidades e instituciones.
Gracias a mi formación y experiencia como artista y mercadóloga, estos proyectos se han desarrollado y se han diferenciado en un sistema “gana-gana”, para varios sectores y comunidades, en el que los resultados hablan por sí solos.

Marcela Valdeavellano
Artista - mercadóloga
[email protected]