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Sábado 12 Julio, 2014

¡Que viva la Sele! En eso estamos de acuerdo, pero también, viva usted


Después del fútbol

¡Ganó la Sele! Y ahora, ¿qué hacemos? La respuesta es más que obvia: gastarnos hasta el último cinco en guaro, bloquear las calles y encaramarnos en el cajón de cualquier carro disponible.
Que se entienda bien, no intento satanizar la fiesta, sino señalar que tiene más derecho de paso una ambulancia que va a atender una emergencia, que decenas de conductores que, en una caravana interminable, deciden pasar por alto la luz del semáforo y demás normas de tránsito.
Por supuesto que me alegran los triunfos de la Sele, pero para celebrarlos —me parece— no hace falta embriagarse hasta caer inconsciente, llevar niños guindando de las ventanas de los autos, o manosear muchachas en medio de un tumulto.
“El poder es la prueba del hombre”, nos dijo Bías, pero el triunfo es la prueba de un pueblo. Por extraño que a algunos les parezca, después de un partido de fútbol, se gane o se pierda, mantienen vigencia las mismas normas sociales. La forma en que nos comportamos bajo el efecto de la frustración o de la euforia, habla mucho más de nosotros, que lo que hagamos en cualquier momento de calma reposada.
En esta inusitada “alegría futbolera” solo nos ha importado nuestro goce, la dignidad ajena es secundaria. Nos transformamos en una masa bulliciosa para la que el vencido merece ser despreciado y pisoteado; en opresores de las personas que no viven tan apasionadamente el fútbol, porque creemos válido ridiculizarlas o decirles que a nadie le interesa su criterio: “Si no les gusta, que se larguen o se encierren en sus casas”, ¿le suena conocido? ¿Y qué tal el aumento en los casos de violencia doméstica, riñas y disturbios?
Y entre lo más lamentable, está aquel aficionado (representante de muchos), que a viva voz manifiesta: “esto es lo mejor que me ha pasado en la vida”, pues su felicidad depende de los goles de otros, su realización de la siguiente fase y su mayor anhelo se ubica en la clasificación al próximo campeonato.
Discúlpenme que lo diga, pero la moral de un pueblo no puede depender del fútbol. Esto quiere decir que está bien disfrutar los partidos, gritar los goles, celebrar a lo grande, pero sin atropellar a nadie.
Está bien sentirse orgullosos de que los ojos del mundo se vuelvan hacia nosotros, prever las ventajas que esa publicidad nos puede dar en lo deportivo, en el turismo y, aunque suene extraño, en lo político.
Pero no hay que perder de vista que el proyecto de vida de cada uno se debe extender más allá del marco de la portería. Porque luego de ir a recibir a los jugadores al aeropuerto y de los meses que nos duren las charlas anecdóticas, la vida sigue. De lo contrario, al acabarse el Mundial, llegará esa sensación de vacío, de que algo falta y de que “hasta aquí llegó la cosa”.
Nuestros proyectos, nuestro sentido de realización, no pueden limitarse a sentarnos frente a una pantalla o en una gradería; no puede ser que nuestros mejores recuerdos y hazañas las vivamos como simples espectadores.
¡Que viva la Sele! En eso estamos de acuerdo, pero también, viva usted.

Rafael León Hernández