Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 24 Octubre, 2012


Hablando Claro
Decisión de vida

Cuando éramos niños era común escuchar a los adultos decir frente a cualquier tentación de ingesta líquida o sólida que de por sí de algo había que morir. Aquella frase era (y es) una especie de cheque en blanco para dar rienda suelta a los voraces antojos que usualmente traspasan por mucho las necesidades satisfechas de un cuerpo sano.
Para más, crecimos con la torcida idea de que los pequeños cuanto más gordos (más alentaditos) más saludables y, por supuesto, más queridos. Hoy más del 30% de los niños en el mundo padecen obesidad, más de una cuarta parte de ellos tienen síntomas o ya desarrollaron diabetes y seis de cada diez muestran uno o más signos de enfermedad cardiovascular.
Y los niños, es bien sabido, aprenden cómo y qué comer por nosotros sus padres y primeros asesores de vida; lo cual significa que si no comemos bien y por tanto no enseñamos a comer bien a nuestros hijos, no importa cuántos malabares hagamos como proveedores formales, estamos entregándoles el peor legado imaginable: el de una vida llena de limitaciones.
Las tasas de obesidad han aumentado dramáticamente en América Latina en los últimos 30 años. Más comidas grasas, con carbohidratos muertos, menos verduras y menos frutas, amén de una vida más sedentaria en términos de trabajo y recreación, están condenando a generaciones enteras de personas no solo a un problema social de rechazo y exclusión con todas las implicaciones emocionales que ello conlleva, sino a una verdadera epidemia de salud pública que si bien es cierto afecta a todo el mundo casi por igual, alcanza sus niveles más perniciosos en nuestro continente. En efecto, para el año 2020, nosotros los costarricenses seremos junto con Chile, Venezuela, Guatemala, Uruguay, República Dominicana y México siete de los países con más obesidad del mundo entero. Y si le añadimos a eso el terrible hecho de que la Caja Costarricense del Seguro Social estableció en 2010 que la mitad de nuestra población es sedentaria, lo que tenemos más que seguro es que no importa cuántos esfuerzos de mejoramiento de calidad de vida realicemos en términos de diversas políticas públicas para intentar ser un país de primer mundo, tendremos muchos pero muchos motivos de infelicidad e insatisfacción individual, familiar y comunitaria que no nos permitirán disfrutar del efímero instante de nuestras existencias.
La obesidad es un pasaporte al dolor. Más del 85% de todos los casos de diabetes se deben a esta condición. Más del 70% de los males cardiacos están asociados a la gordura y como si fuera poco casi la mitad de los casos de cáncer de mama y de colon también van fuertemente relacionados.
Paradójicamente nuestros tradicionales malos hábitos alimenticios, junto con el moderno bienestar socioeconómico, el envejecimiento de la población y nuestros cambios en el perfil epidemiológico se han vuelto en nuestra contra: somos altamente vulnerables a padecer enfermedades crónicas no transmisibles.
La buena noticia es que prevenir la obesidad, la diabetes y la hipertensión arterial, es una decisión de carácter. Una decisión de vida. No debemos esperar.

Vilma Ibarra