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Sábado 27 Septiembre, 2014

Parecería que no interesa si se es dictador del este de Europa, caudillo populista latinoamericano, fantoche estalinista coreano o teocracia islamista, lo urgente es oponerse al primer poder y todo vale para eso


De la culpa a la responsabilidad
(Parte 1)

Con cierta perspectiva luego de la finalización del enésimo enfrentamiento en Medio Oriente, además de las valoraciones que se producirán in situ, también es obligado hacer lo propio en cuanto a lo que generó en quienes no somos a priori protagonistas.
En el mismo momento había otros 12 conflictos abiertos en el mundo, pero cuando el protagonista es Israel, se percibe un intoxicado furor en determinados sectores que alarman, no por el contenido básico de la opinión, naturalmente, es muy comprensible estar en contra de las decisiones del gobierno de Benjamín Netanyahu, sino por la intensidad de la pasión volcada hacia el tema y la priorización casi exclusiva del mismo.


El desequilibrio de interés se refleja en el silencio general frente a los bombardeos por parte del gobierno sirio sobre su población, que ya causaron más de 150 mil muertos, o por las repetidas invasiones de Rusia, el estado más grande de la tierra (800 veces el tamaño de Israel), y primero en posesión de armas nucleares, distopía que varía en su presidio y que vuelve a atreverse a desafiar a la superpotencia norteamericana.
Parecería que no interesa si se es un dictador del este de Europa, un caudillo populista latinoamericano, un fantoche estalinista coreano o una teocracia islamista, lo urgente es oponerse al primer poder y todo vale para eso.
Entrelazado a ese primer poder se encuentra su hijo pródigo, el pequeño oasis de Israel, que no importa que esté acorralado por sus enemigos, siendo un estado con un territorio casi exactamente ocho veces más pequeño que Uruguay, lo importante es que representa esa entidad a la que se quiere desesperadamente encarnar, ese leviatán totalizador del dominio capitalista.
Así, junto a una mezcla de rancia rebeldía y poca información dentro del amparo de la amplia, simple y uniformada opinión que se retroalimenta con la mercantilización de la noticia intermitente, aparece el peor de los componentes del fenómeno mediático de Israel, el visceral y milenario odio al judío.
Este coctel se sintetiza en la convergencia de la doble carga emocional, el moderno odio al imperio y el antiguo odio al judío, que eleva al pañuelo palestino como símbolo justo de desobediencia, transformándose en venda con respecto al ahondar sobre las características de sus portadores originales, del conflicto y del mundo en general. El homo videns de Giovanni Sartori ya ni siquiera necesita ver lo que consume del caos informativo, la banalidad del mal ha devenido en la banalidad de la opinión.

Augusto Manzanal Ciancaglini

Politólogo