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Sábado, 17 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


De Contraloría y contraloras

Alvaro Madrigal [email protected] | Jueves 31 mayo, 2012



De cal y de arena
De Contraloría y contraloras

Complaciente, omisa y permisiva. También floja para ejercer las potestades que su Ley Orgánica le otorga en punto a la fiscalización y al control de gastos, al auditoraje de actos y contratos y a la impugnación de aquellos viciados de nulidad. Estas y otras razones de cuantía mayor concurrieron para que desde las bancadas de la oposición parlamentaria se tachara la gestión de la Licda. Rocío Aguilar como contralora general de la República en los dos periodos en que ejerció tan alta e importante función y se anunciara su veto a una eventual reelección suya.
Se descalificaron algunos sonados pronunciamientos de ella como más políticos que técnicos, y el diputado Manrique Oviedo descalificó como “torcida interpretación” la resolución de la Contraloría relativa a los fondos donados por el Banco Centroamericano de Integración Económica al gobierno Arias Sánchez, denunció el exceso de adendas y favores que aparecieron en torno a las operaciones de la empresa Autopistas del Sol, las facilidades y complacencias con que se auspició Alterra, así como las documentadas delaciones hechas por distintas municipalidades, luego engavetadas. Alguna coraza ha de proteger a quien fue compañera de doña Rocío en los ocho años en que fueron las jerarcas de la CGR para que tantos señalamientos no la salpicaran ni fueran motivo de objeción a la hora de elegir este 21 de mayo al nuevo Contralor. La cosa es que la Licda. Marta Acosta recibió más de 40 votos, sin que se le tachase su gestión como subcontralora de complaciente, omisa y permisiva. ¿Será que en tantos expedientes de grueso calibre consta que salvó su opinión, como para acreditar que ella es inflexible, meticulosa y celosa con el mandato de las leyes, lo que demostraría que es diferente a la Licda. Aguilar?. No deja de ser pertinente preguntar si su declaratoria de intolerancia para con la corrupción emerge como definición contrastante o distractora.
Negros nubarrones se ciernen sobre la democracia costarricense. La ola de corrupción tan honda como extendida puede resultar devastadora para sus instituciones al extremo de prostituirlas y deformarlas con los rasgos propios de un Estado fallido en manos de las argollas de delincuentes de cuello blanco y —lo peor— de los tentáculos del crimen internacional organizado. Los órganos de control preventivo y persecutorio son fundamentales para cortar por lo sano. Es tiempo, pues, de contralores con el pundonor, la firmeza y la parsimonia de los Quirós, Ruiz, Rodríguez, Chinchilla, Soley… y es, también, tiempo de amparar y exigir una actuación rigurosamente aséptica y transparente en la persecución de esta corrosiva inmundicia para lo cual se hace imperioso escuchar la advertencia de la Fiscalía Anti-Corrupción sobre los efectos contraproducentes de la acumulación de tantas investigaciones importantísimas (donde hay sospechosos que no son precisamente pillastres) en tan pocos fiscales.

Alvaro Madrigal