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Viernes 15 Febrero, 2013

En lo personal, tengo el recuerdo del papa Ratzinger como un ser humano afable y cálido, sencillo y algo tímido, muy diferente al estereotipo que alguna prensa contribuyó a crear


Benedicto XVI es incomparable

Desde el día de la elección del sucesor de Juan Pablo II, en abril de 2005, fue inevitable —a pesar de lo ilógico e injusto— que al nuevo papa se le comparara con él. El largo papado y el carisma de Karol Wojtyla inclinaban la balanza de las simpatías a su favor.
Consciente de la sombra que le proyectaba su antecesor, del cual había sido cercano colaborador, Benedicto XVI inició su pontificado con fervor y determinación, asumiendo sus responsabilidades como Vicario de Cristo con la devoción y fidelidad con las que servía a la Iglesia desde su ordenación como sacerdote.
Su inesperada y sorprendente renuncia, que rompe con la tradición de que el papa debe morir papa, no es más que otro gesto de amor a su Iglesia, ya que deja el solio papal convencido de que es una decisión para el bien de esa institución.
Teólogo destacado y gran intelectual, refleja en sus libros, discursos y encíclicas su profundo conocimiento de la doctrina cristiana. Sus aportes al pensamiento en este campo son invaluables, desde su participación en el Concilio Vaticano II como el joven cardenal Joseph Ratzinger.
En sus casi ocho años al frente de los asuntos de la Santa Sede, debió bregar con grandes y serios problemas como los escándalos de los sacerdotes pederastas, del Instituto para las Obras Religiosas, mejor conocido como el Banco Vaticano, del robo y filtración a la prensa de documentos privados, y con los enfrentamientos de los grupos de poder dentro de la Iglesia.
Todos esos problemas los enfrentó con valentía y transparencia, ventilando ante la opinión pública asuntos que antes se ocultaban y abogando con fuerza por sancionar los actos inmorales y delictivos que ensucian y dañan la imagen de la Iglesia.
Su tajante condena a esas conductas son dignas de encomio por sinceras y necesarias para la reparación moral de las víctimas.
Cabe destacar entre esas acciones de limpieza y de lucha contra la corrupción sus decisiones en cuanto al padre Marcial Maciel y la congregación Legión de Cristo, fundada por este depravado sacerdote.
En temas polémicos y controversiales como el aborto, el control de la natalidad y el matrimonio entre personas del mismo sexo, no hizo otra cosa que defender y ser consecuente con la doctrina cristiana, actitud que le valió acérrimos ataques. Se esté de acuerdo o no con esas posiciones, es justo reconocer la congruencia y valentía de sus argumentaciones.
El ecumenismo fue otra de las prioridades del papado de Benedicto XVI y el esfuerzo en este campo ha producido importantes avances que se cosecharan en el futuro cercano.
En lo personal, tengo el recuerdo del papa Ratzinger como un ser humano afable y cálido, sencillo y algo tímido, muy diferente al estereotipo que alguna prensa contribuyó a crear, llevada por la absurda actitud de compararle con el papa Wojtyla, sin considerar las diferencias lógicas de la personalidad de uno y de otro.
Como hombre profundamente espiritual y como el extraordinario creyente cristiano que es, ha elegido para sus últimos años una vida de clausura y de oración. Esperamos que también continúe su nunca abandonada vocación al estudio y nos regale, plasmado en libros, su rica y profunda argumentación teológica.

Luis París Chaverri
Ex embajador ante la Santa Sede