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Viernes 13 Junio, 2008

El primer gran desastre del siglo XXI

Ing. Samuel Yankelewitz Berger

Aclaración
Por un problema técnico se publicó un texto equivocado en la primera parte de la Columna Invitada de don Samuel Yankelewitz de ayer, abajo se encuentra el texto correcto es un solo tracto.

Un nuevo flagelo amenaza a la humanidad. Sus consecuencias llevarán dolor, muerte y desolación a muchos lugares del planeta. Me refiero a la crisis alimentaria que ya se hace sentir en todo el mundo, sobre todo en los países más pobres y desvalidos. Se estima que entre 100 y 130 millones de personas estarán en alto riesgo de muerte en los próximos ocho meses. Según un estudio del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, el número de quienes padecen hambre ha venido aumentando años tras año desde 1996, hasta llegar a alrededor de 854 millones de personas. Tal es la magnitud de la tragedia que hoy en día, cada cinco segundos, un niño menor de 10 años muere de hambre y de enfermedades derivadas de la desnutrición.
El mismo presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, en una reciente entrevista, pidió una acción coordinada a nivel global para contrarrestar los efectos de la crisis alimentaria. Según el funcionario, el aumento en los precios de los alimentos está generando desabastecimiento, hambre y desnutrición alrededor del mundo. Debido a esta situación, Zoellick cree que 33 países afrontan la posibilidad de malestar social o político debido a los elevados precios de los alimentos y la energía.
A su vez, el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, ha dicho que la rápida escalada de los precios de los alimentos en todo el orbe alcanza proporciones alarmantes y que, según los datos del Banco Mundial, la crisis alimentaria iniciada hace tres años podría sumergir en la miseria a más de 100 millones de personas adicionales, especialmente en los países del tercer mundo.
Pero no pensemos que la crisis está lejos, únicamente en Africa y Asia. De acuerdo con estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), como consecuencia del aumento en los precios de los alimentos los indigentes en Latinoamérica llegarán a 15,7 millones. La canasta básica para una familia promedio se encareció en 45% en los últimos nueve meses. En algunos países ya se sienten los efectos de la crisis alimentaria y se empiezan a tomar medidas. Veamos algunos casos:
En México, el presidente Felipe Calderón puso en marcha un programa para combatir la pobreza alimentaria de la población que habita en las comunidades más alejadas y con alto grado de marginación. En Haití la situación es más caótica; constantemente se presentan disturbios callejeros y la hambruna toca las puertas de miles de haitianos. En Perú, el precio del trigo alcanzó cifras exorbitantes y en Costa Rica el presidente Arias nos ha alertado sobre los tiempos difíciles que se avecinan. Por fortuna nuestro país aún está lejos de padecer hambre como problema generalizado. Somos privilegiados. Ciertamente no podemos decir que la crisis alimentaria no nos afectará del todo, pero sí podemos afirmar que tenemos los medios para que el hambre y la desnutrición no se constituyan en un problema generalizado.
Me imagino que luego de escuchar tan escalofriantes cifras, usted amigo lector se preguntará ¿por qué esta crisis? En un próximo artículo intentaré dar una respuesta. Por ahora, me conformo con elevar una voz más y poner en la palestra un problema de carácter mundial. Como ciudadanos del mundo no podemos ni debemos abstraernos de esta problemática que está golpeando al planeta y, en especial, a los países más pobres y débiles. Mi intención no es asustarlos, sino simplemente presentarles la cruda realidad. De esta crisis sin precedentes, todos debemos aprender.
En lo que las razones que están provocando esta crisis, probablemente existen muchas causas, pero para mí las más importantes son tres que seguidamente explicaré brevemente.
En primera instancia, es evidente que el cambio climático, derivado de la deforestación y los monocultivos extensivos, ha agravado el problema. Un estudio reciente de la ONU señala que muchas de las crisis alimentarias del mundo se deben a los efectos de sequías, a la desertificación y la degradación de la tierra y al aumento de los conflictos por recursos cada vez más escasos. Según el estudio, la desertificación y la degradación de la tierra afectan actualmente a aproximadamente 2.000 millones de personas en más de un centenar de países.
La inmensa mayoría de quienes viven en regiones secas se concentra en Asia (unos 1.400 millones de personas), 325 millones se hallan en Africa, 140 en Europa y 177 en América. Las consecuencias de la degradación de la tierra son más graves en los países en desarrollo, en especial los africanos, donde millones de personas se dedican a la agricultura y la ganadería en campos que ofrecen muy escasas alternativas de subsistencia. Se estima que el 50% de los 854 millones de personas que padecen hambre en el mundo viven en tierras marginadas, secas y degradadas. Esto significa, ni más ni menos, que la mitad de la población mundial que sufre de hambre tiene que sobrevivir en tierras que son esencialmente pobres, y cuya fertilidad y productividad pueden estar disminuyendo por los efectos de la sequía recurrente, el cambio climático y un uso insostenible de la tierra.
Un segundo factor asociado a la crisis alimentaria es el crecimiento vertiginoso de la clase media en Asia en los últimos veinte años. Aunque la gran mayoría de la población asiática sigue siendo rural y pobre, la clase media ha mostrado una expansión dramática y se prevé que esta tendencia continuará. Efectivamente, la gran mayoría de los analistas coincide en que el incremento de la población, especialmente en India y China, acompañado de una creciente prosperidad en esos países, ha causado una sobredemanda de alimentos que el planeta no estaba preparado para atender. A su vez, este exagerado aumento de la demanda ha provocado una escalada sin precedentes en los precios de los granos básicos.
El tercer aspecto vinculado a la crisis alimentaria tiene que ver con la producción de biocombustibles. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, o FAO, ha señalado que el aumento mundial de la generación de biocombustibles amenaza el acceso a productos alimenticios de las poblaciones pobres del tercer mundo. Es fácil prever las desastrosas consecuencias sociales de esta crisis, cuando sabemos que la inseguridad alimentaria ya afecta a 854 millones de personas alrededor del mundo.
Jean Ziegler, Relator Especial de las Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, califica la producción masiva de biocombustibles de “crimen contra la humanidad” y advierte que el mundo se encamina hacia un largo período de protestas sociales. Y no deja de tener razón. Se estima que para llenar de biocombustible el tanque de un automóvil (unos 50 litros) se requieren aproximadamente 200 kilogramos de maíz, cantidad suficiente para alimentar a una persona durante un año. Por consiguiente, existe el grave riesgo de crear un forcejeo entre la producción de alimentos y la de combustibles, que dejaría a las familias de escasos recursos económicos y los que padecen hambre en los países en desarrollo a merced de bruscos aumentos en los precios de los alimentos, la tierra y el agua.
La crisis financiera en Estados Unidos, los elevados precios del petróleo y la reciente crisis alimentaria, se están conjugando y es muy probable que tengamos una contracción del comercio internacional a la que nadie es inmune. No existe un país que tenga suficientes reservas para soportar el impacto de esos tres flagelos juntos. Si no hacemos algo y pronto, lo peor estaría por venir.