Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 14 Enero, 2015

Hoy como nunca debemos renovar nuestro compromiso con las banderas de la igualdad, la libertad y la fraternidad


Hablando Claro

Sin dobleces

En lo que a los costarricenses concierne, todos deberíamos cerrar filas en  defensa de las libertades, entendiendo que son ellas las columnas de sostenimiento de nuestro sistema de convivencia.
Sin más, “nous sommes tous Charlie”, como dice la última de las ideas fuerza acuñadas en estos días tras el vil asesinato de periodistas y otros ciudadanos, en la ola de violencia terrorista que ha enlutado a Francia y solidariamente a todas las democracias del mundo.
Y es que en cuanto a la defensa de las libertades republicanas  no hay medias tintas que den cabida al remedo de la justificación.
Si algo acongoja tanto como la falta de argumentación y hasta de sensibilidad de cualquier demócrata, especialmente si el demócrata es comunicador de oficio (periodista o publicista) tratando de justificar lo injustificable aseverando que si murieron fue porque se lo buscaron, es la respuesta  que empezó a tomar forma en un sector de la opinión pública de “yo no soy Charlie”.
Una forma de desmarcarse de la indignación hecha protesta, hecha dibujos y hecha ofrendas con las que se ha rendido homenaje a las víctimas de la intransigencia y la intolerancia. Una especie de contramovimiento que defiende “la no identificación degradante y caricaturesca que Charlie Hebdo hace del mundo islámico, con toda la carga racista y colonialista que conlleva”.
Mucho se ha escrito en estos días y con mucho mejor pluma por supuesto que la mía, pero acaso el sentido del deber y de la convicción obligan a no quedarse callada.
Nunca he creído que las libertades del ejercicio de la expresión de la prensa sean irrestrictas. Siempre he abogado por la delimitación que proporciona un  marco ético de desempeño en el cumplimiento del trabajo periodístico.
En este sentido, hasta podría aceptar que la expresión satírica de Hebdo que me maravilla por su capacidad de análisis y síntesis de la realidad social política y cultural, a veces puede resultar reprobable.
Pero he ahí la naturaleza del demócrata puesta a prueba. Nunca podría aceptar  que la expresión de las ideas mediante el recurso de la sátira deba ser aniquilada por la hipersensibilidad de algunos o de muchos.  Y menos aún para llegar a considerar la barbarie y el asesinato como una forma válida o justificable de delimitación o de autocensura de la expresión de las ideas.
En los estados de derecho, el honor mancillado, la ofensa proferida, se dirime en los tribunales. No a sangre y fuego.
Entiendo que esto que es fácil de decir, resulta de suyo complejo cuando hablamos de la conflictividad de intrincadas interacciones humanas marcadas por abismales e irreconciliables diferencias de ver y apropiar el mundo.
En este sentido, no hay mucha cabida para el optimismo pues el extremismo yihadista está ahí para quedarse. Y lo que es peor, no solo afectará por su propia capacidad de proferir daño, sino porque ese extremismo provoca como reacción un refuerzo de la xenofobia y el racismo.
Más extremismo. Un veneno para la convivencia democrática. Esa que apuntala el derecho a la diferencia. Incluyendo, por supuesto, el derecho a la blasfemia.
Por eso, hoy como nunca debemos renovar nuestro compromiso con las banderas de la igualdad, la libertad y la fraternidad.

Vilma Ibarra