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Jueves 3 Enero, 2008

¿Quiere ser economista?


Wilmer Murillo

Con algunas reglas claras y relativamente sencillas; un poco de libre improvisación y filosofía, también usted puede hacerse economista.
Pero, pensándolo bien, tal vez no le gustará el empleo. Porque el hecho es que la economía ha erigido un cuerpo de teoría que inspira un temor reverencial, con todo y matemáticas de fantasía, que desgraciadamente solo tiene una tenue relación con la realidad de los negocios, del juego político y de las complicadas estructuras de conflicto y cooperación entre los individuos y las naciones.
En los tiempos antiguos, antes de que Adam Smith escribiera su obra, La Riqueza de las Naciones, se consideraba que la riqueza consistía en el oro y otros tesoros (dinero) que acumulaban los monarcas para el poder y la gloria del estado. Después de Smith, se consideraba la riqueza como el poder económico, productivo: la capacidad de producir bienes y servicios reales. A mucha gente le sigue gustando la segunda definición, pero se está formando un nuevo concepto, en el que la verdadera riqueza se pone en la calidad de la vida. No hay motivo para pensar que puedan proyectarla ni los funcionarios de las empresas, ni los burócratas del gobierno (ni tampoco una elite de periodistas, poetas o planificadores). ¿Pueden los consumidores, o los electores, crear para sí mismos Vida Mejor (nueva riqueza), o están condenados a ser prisioneros del sistema de mercado, prisioneros más o menos voluntarios, que no confían que el gobierno pueda hacerlo mejor? Es un bonito enigma para los filósofos.
Alguien —los economistas— tiene que tratar de resolver racionalmente estas dificultades y, al mismo tiempo, hacer frente a las presiones contradictorias de los grupos especiales de intereses, a los problemas de confusión de valores, a las turbulentas contiendas políticas y al incierto futuro que se cierne sobre todas las decisiones económicas.
La respuesta pareciera ser, y ciertamente lo es en el ámbito de la política económica nacional, que la economía no es solo muchas ciencias, sino además algo más: una rama del arte del estadista, de la filosofía política, en la que el método y la técnica analíticos no pueden reemplazar a la intuición y al juicio.
La sociedad no debería permitir por lo tanto, que, dada la importancia que la economía tiene para la vida cotidiana, se recurra a términos oscuros, para esconder realidades lo que fácilmente se puede prestar para algunas formas de charlatanería u ostentación.
John Maynard Keynes, casi con certeza el mayor economista del siglo XIX, resumió que la tarea del economista exige cualidades de genio que son tan raras en el terreno de la economía como en la música, la literatura, en la ciencia o cualquier otro campo.