El gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, dice que podría hacer falta una política monetaria más laxa para apuntalar una economía en desaceleración luego de la votación del Reino Unido a favor de abandonar la Unión Europea.
La respuesta parece salida del manual de la banca central moderna, un favorito de la Reserva Federal de los Estados Unidos, el Banco de Japón y prácticamente todo banco central. Sin embargo, podría tratarse de una reacción desacertada.
El mes pasado sostuve que las tasas de interés de un bajo nivel sin precedentes podrían destruir la fe que pudiera quedarles a empresas y consumidores en las perspectivas económicas.
El dinero barato mantiene con vida a compañías que son zombies y atrapa capital en empresas improductivas que de lo contrario morirían. Por otra parte, las inéditas tasas de interés negativas hacen pensar en médicos que experimentan con sus pacientes.
Los comentarios que recibí sugieren que hay otro motivo por el cual tasas de interés más altas serían un mejor abordaje: la demografía.
La población de más de 65 años representa casi el 9% del total, una cifra que ha ido aumentando sin pausa y que se ha duplicado desde el comienzo de la década pasada.
Para la zona del euro, ese grupo representa alrededor de 18%. En los estados Unidos más del 15% de la población está por encima de la edad de retiro, mientras que hace diez años representaba un 12,5%.
La población en edad de retiro no sólo ha aumentado, se señala, sino que también ha acumulado riqueza por haber vivido durante los buenos viejos tiempos de lujos como la vivienda accesible y pensiones con beneficios.
También tiene la propensión a gastar el ingreso que perciben de esos ahorros.
Pero al estar las tasas de interés cerca de cero, no hay ingreso que gastar. Además, son demasiado inteligentes para tocar el capital.
Es por eso que, cuanto más bajan los bancos centrales las tasas de interés, menor gasto discrecional pueden permitirse los ciudadanos mayores.
En lugar de impulsar la inversión y la demanda, la política monetaria flexible podría estar matando el consumo al castigar a los baby boomers.
Esa política de tasa más baja por más tiempo no se limita a desalentar el ahorro en efectivo en el banco.
Los retirados se perjudican si siguen el tradicional consejo de los asesores financieros y trasladan sus pensiones a la presunta seguridad de los fondos de renta fija, no a fondos de acciones.
Los rendimientos de los bonos del Tesoro a diez años son de apenas 1,4%, en comparación con 2,4% hace un año y con un promedio de 4,3% en la última década.
En los años 90, esos valores daban más de 8,5%. En resumen, rendimientos más bajos de los bonos significan menos cruceros y vehículos recreativos, lo que supone malas noticias para la economía.
Quienes se acercan a la edad de retirarse probablemente también se vean influenciados por las bajas tasas de interés. Incluso si no han hecho cuentas sobre cuánto necesitarán para pasar sus días en canchas de golf, pueden sentir que deben ahorrar más, no menos, lo cual reduce aún más el gasto discrecional. De hecho, hasta con tasas de interés de un bajo nivel récord, el ahorro estadounidense como porcentaje del ingreso disponible está por encima de su promedio de largo plazo y llegó a 6% a fines del primer trimestre, el nivel más alto desde fines de 2012.
Drew Matus, economista para los Estados Unidos de UBS en Nueva York, me envió un correo electrónico en el cual destaca un punto que sostuvo en abril de 2015 que parece haber resultado verdad.
Tener tasas de interés demasiado bajas puede ser tan nocivo para el crecimiento como una tasa demasiado alta. La teoría sugiere que las tasas bajas impulsan la economía, el consumo y la inversión.
Eso no ha sucedido después de la crisis. El ahorro se ha incrementado y la inversión es débil. Las tasas cero podrían ser parte del problema en lugar de la solución: las tasas bajas podrían impulsar el ahorro e inhibir la inversión por parte de las empresas, lo que reduciría el gasto de capital.
Como señaló otro columnista de Bloomberg View, Naravana Kocherlakota, la generación mayor tiene escasos incentivos para apoyar el gasto en infraestructura en proyectos que suelen tardar años en generar beneficios para la economía.
Es por eso que es improbable que el voto de los ciudadanos mayores refuerce el clamor por estímulo fiscal. Pero si los bancos centrales dieran el salto y subieran las tasas de interés, estarían dando a los ahorristas un aumento del ingreso.
La idea de que subir las tasas de interés podría a su vez impulsar el consumo y la inflación es algo que los economistas llaman neofisherismo.
En ese manual teórico de la banca central moderna al que me referí al comienzo de esta columna, estaría comprendido en el capítulo titulado “Políticas no convencionales”. Pero como las tasas de interés son negativas y los miembros del Parlamento Europeo piden al Banco Central Europeo que considere inyectar dinero a la economía, la sugerencia de que las tasas de interés tienen que subir para rescatar la economía tal vez no sea tan extravagante después de todo.


 

 

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