Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 6 Agosto, 2010


Paz: ¿desde el cielo o desde la tierra?


Lo que acaba de vivir el pueblo costarricense en su tradicional romería al Santuario de la Virgen de los Angeles en Cartago, constituye el fenómeno de masas más grande del país. Se habla de más de 2 millones de creyentes que caminaron hasta la Basílica. La cifra no parece exagerada si tomamos en cuenta que, desde hace más de dos semanas se vio gente por las calles rumbo a Cartago.
Uno de los datos interesantes es que no solo se hacen romerías en Cartago, sino que en los más variados sitios de la geografía nacional se han ido creando, inspirados en la fe espontánea de la gente, lugares de peregrinación, como especie de sucursales de la Basílica y adonde van los fieles que no pueden ir a Cartago.
Así, la secularización provocada por una decadente sociedad de consumo y que ha hecho que celebraciones fundamentales en la fe cristiana como la Navidad o la Semana Santa, hayan perdido su sentido religioso, la tradición popular ha convertido el culto a la Patrona de Costa Rica en una celebración más fervorosa.
Desde el punto de vista teológico, se puede interpretar esa tendencia a una renovación, consolidada en el Concilio Vaticano II, según la cual la Iglesia no es tan solo la jerarquía sino también el pueblo de Dios; lo que inspira un aumento en el rol de las iglesias locales. Por eso, las celebraciones religiosas inspiradas en la cultura popular tienden a acentuarse. Desde otro punto de vista, el socio-político, se puede ver el fenómeno como una tendencia a buscar una participación directa de la gente en la conducción de su destino, lo cual demuestra que la opción por una democracia directa y participativa y no solo representativa, es un movimiento irreversible de la historia que abarca todas las dimensiones de la vida humana.
Con lo dicho, he tocado un punto de capital importancia. Todo fenómeno de masas de gran magnitud, sea religioso como el mencionado a nivel local, sea deportivo como el vivido en el ámbito planetario como el recién pasado campeonato mundial de fútbol, tiene una dimensión política ineludible.
Por eso, la celebración del 2 de Agosto en Cartago tiene como protagonistas, no solo a los Obispos, sino también a los jerarcas de los supremos poderes de la nación. De ahí que habló, no solo un cardenal venido ex profeso para esta masiva ceremonia, sino también la Presidenta de la República.
Es de destacar que en sus mensajes hubo convergencias y diferencias notables. Ambos hablaron de PAZ. Ambos coincidieron en que el país vive una grave crisis provocada por una violencia generalizada. Pero difirieron en cuanto al diagnóstico.
La Presidenta se limitó a describir la violencia como un fenómeno individual sin mencionar siquiera sus raíces económico-sociales y políticas. Como solución imploró una intervención de La Negrita. Cuando los políticos se reconocen impotentes para dar soluciones a los problemas provocados por sus aberrantes decisiones, recurren al cielo: cuando los humanos no son capaces de asumir sus responsabilidades, recurren a los seres sobrenaturales. Pero esa actitud se debe a limitaciones ideológicas no solo de ella como persona, sino de los sectores sociales y de los intereses económicos que representa.
Es por eso que quien vio y habló claro fue el Presidente de la Conferencia Episcopal y Arzobispo de San José, monseñor Hugo Barrantes señaló sin ambages que la causa principal de la violencia es la desigualdad social, consecuencia directa, añado yo, de las políticas neoliberales de los últimos gobiernos. En efecto, el Dios cristiano no es un brujo, ni la fe una hechicería, ni la Virgen un talismán. La paz no es un regalo de arriba, sino una conquista de abajo cuando se construye una sociedad más justa.
Ya lo dijo el profeta Isaías: La paz es obra de la justicia. La paz no es una causa sino un efecto. Si los humanos no fundan sus plegarias en la realización de la justicia social y el respeto a la dignidad humana en vistas a construir una convivencia inspirada en la igualdad y la solidaridad, no esperemos milagros. Porque el Dios bíblico no es un alcahuete, ni la fe una superchería.
La paz se debe merecer con la práctica de la justicia y la realización del amor. Pues, como dice el Evangelio: No todo el que dice ¡Señor! ¡Señor! entrará al Reino de los cielos.

Arnoldo Mora Rodríguez