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Páginas de nuestra historia

Alvaro Madrigal [email protected] | Jueves 04 junio, 2009



De cal y de arena

Páginas de nuestra historia

Personajes de toda condición y pelaje, honorables unos y pillastres otros. Ante el señuelo de los corruptos, los había de acero y de madera de balsa. Igual que hoy. Así se aprecia en la “Historia Financiera de Costa Rica” escrita por don Cleto González Víquez, que debería ser de lectura obligada para parangonar hechos y rubricar las palabras del Dr. José María Castro, Secretario General del Gobierno del Estado de Costa Rica, que advertían —en su Memoria de 2 de junio de 1843— sobre la urgencia de “tener un gobierno nacional respetable para que no seamos el juguete de cualquiera que se halle con fuerza para abusar”. Recorrer la senda de aquellos empréstitos exquisitamente descrita por don Cleto es confirmar la añosa presencia en nuestro país de lo que él llama las garras de los pícaros y de las aves de rapiña. Pero también, para aquilatar la reciedumbre de quienes repudiaban y denunciaban esas prácticas. Ahí está el capítulo de las 160.000 libras esterlinas puestas a disposición del presidente Tomás Guardia por un contratista “sin previa convención y por un acto de pura generosidad, siguiendo los usos establecidos en estas negociaciones”. ¿Y qué hizo el General? “Acepté —confirma él, y de ello entera al Congreso Constitucional el 23 de agosto de 1873— con el fin de poder hacer frente con esa suma a los sacrificios y dificultades que habían nacido de la negociación y exigí que se pusiese a la cuenta del Gobierno de Costa Rica. La casa donante rehusó hacerlo... Entonces ideé un medio de invertir esa cantidad en un efectivo provecho para la Nación, contrariando así algunas exigencias que vosotros comprendéis muy bien debían asediarme. Promoví el establecimiento de una casa de comercio con fondos suficientes para mantener alto el crédito de Costa Rica y hacer frente a cualquiera eventualidad que pudiera surgir”.

Pasemos página. Lo de Alterra, aterra. Y lo resuelto por la Contraloría, escalofría. La institución llamada a intervenir —según su ley orgánica— para evitar abusos, desviaciones y errores manifiestos en la conducta de sujetos privados beneficiarios de una contratación con el Estado, avaló el traspaso de acciones de Bechtel en Alterra Partners a un tercero y autorizó las variaciones contractuales que le asegurarán a ésta una estructura de gestión financiera harto lucrativa con la cual sería imperdonable que no reanude las obras de remodelación del Aeropuerto Internacional Juan Santamaría y lo administre hasta 2026. Como que no halló desviaciones de conducta ni fundamentos jurídicos a la demanda de reputados profesionales de resolver el leonino contrato de cláusulas reiteradamente violadas e interpretadas con generosidad y laxitud sorprendente. La bendición contralora opta por mantener la continuidad de la prestación del servicio aeroportuario en las mismas manos, lo que tendría sentido si éstas no hubiesen hecho patente una abusiva interpretación del contrato con caprichosas suspensiones de las obras y demandas arbitrales infundadas. Hasta guardar en 2007 los fierros en soberbio desafío a unas autoridades complacientes.

Alterra no se va; aquí se queda, quizás con el maquillaje de otro nombre que ayude a encubrir su cuestionada presencia. Su principal accionista, Bechtel, deja “todo atado, y bien atado” como dijo el generalísimo Francisco Franco. Se asegura la extensión del contrato cinco años más, pone a los usuarios del aeropuerto a pagar las deudas de Alterra y hace una buchaca de más de mil millones de dólares por la virtuosa benevolencia de tres gobiernos.