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Martes 15 Diciembre, 2009

Pagar el impuesto de casas de lujo: un calvario

En mi opinión, el sistema tributario que debería tener Costa Rica, requiere que sea simple, eficaz y progresivo. El Estado costarricense también debería ser simple en lugar de seguir con la diarrea de leyes, que nos agobian cada vez más.
Pablo, no ha podido pagar el impuesto de casas de lujo, a pesar que ha visitado diez veces la Dirección General de Tributación Directa, para registrarse, declarar y pagar.
El pago de este impuesto es un verdadero calvario. Es el tributo más complejo de cancelar, es la negación de un trámite expedito, y el ejemplo más elocuente de que Hacienda, y nuestros diputados, hacen todo lo imposible para que la gente no pague.
En efecto, Pablo es un amigo español con inversiones y con asiento en Costa Rica, que desde el primer día de vigencia de la ley, se impuso cumplir con su deber de ir a pagar dicho tributo. Imposible, hasta hoy aunque ya se registró, de ahí no ha podido avanzar.
Según se informa, de 10 mil dueños de casas de lujo, solo diez han podido declarar el tributo, y nadie ha podido cancelarlo.
¿Por qué?
Primero; porque se hizo, para que el ciudadano no pueda calcularlo. Es un tributo para expertos. Nadie, que sea inexperto en materia de avalúos, y que no tenga conocimientos técnicos, puede calcularlo.
Segundo; porque es preciso recurrir a especialistas, ingenieros en avalúos, y pagar entre $150 y $650 para poder llenar la fórmula digital D 179.
Tercero; porque el usuario debe seguir varios pasos, tales como registrarse, luego declarar, y posteriormente ligar a su registro una cuenta bancaria, que tiene que ser en colones, para que luego la administración, sabrá Dios cuándo, deduzca el impuesto, según lo que se declare en la fórmula digital.
Cuarto; porque previamente a todo esto, si su casa está en un condominio, entonces hay que valorar las áreas comunes, para declarar el porcentual, que corresponde al valor de la casa y del terreno filial.
Quinto; porque solo se puede pagar digitalmente, y en un sitio que no es amigable, seguro por ser materia tributaria, y lo peor, con un sistema que casi nunca funciona, y que no deja llegar al cierre para el pago.
Sexto; porque además, si el usuario necesita ayuda, no hay línea telefónica que resuelva las dudas, sobre el proceso digital para cancelar, y porque muy a menudo ni los mismos funcionarios, que son muy amables, saben cómo resolver los problemas.
Es impresionante lo difícil que resulta pagar ese tributo. Es increíble, hasta donde llega la estulticia nacional para diseñar un impuesto tan difícil de calcular y pagar. Los plazos vencerán y muchos no podrán declarar ni pagar. Hacienda no tiene tampoco capacidad para atender todas las dificultades derivadas de este tributo, en los plazos acordados. Algo habrá que hacer.
Por ahora, lo único que se puede decir, es que lástima que un tributo con fines tan nobles, fundamentado en la solidaridad, lo hayan hecho tan complejo, al punto que hasta hoy el Estado no ha recibido ni un céntimo, porque se enredó otra vez en sus propios mecates.
Y todavía hay algunos que creen, que no debemos hacer una reforma profunda del aparato público.

Walter Coto Molina