Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Lunes 16 Junio, 2014

La patada salvaje, artera, peligrosa que le dio Maximiliano Pereyra a Joel Campbell en el epílogo del juego, retrata la impotencia, frustración, rabia, humillación y dolor que sentían y sufrían las estrellas uruguayas, superadas en una cita mundialista por La Cenicienta.
Ninguno quiso reconocerlo después de la debacle, pero se sintió sin estar presentes en Fortaleza, que los discípulos del Maestro Tabárez pensaron que se podía vencer con el peso de los nombres y el uniforme.
Los millonarios futbolistas celestes que forman en los mejores clubes del mundo, ganaron el partido antes de jugarlo y el penal que les regaló Junior Díaz los hundió en un conformismo que minutos después pagaron muy caro.
No hubo un solo jugador de Uruguay que mostrara durante el desarrollo del juego, esa hambre de balón, esos pulmones y la tenacidad con la que juega siempre el gran ausente Luis Suárez.
La garra charrúa quedó archivada y la empujó hasta el fondo de la gaveta el buen fútbol de un seleccionado costarricense que se dispuso a jugar el partido soñado; el partido planificado; el partido estudiado; en resumen: el partido de Jorge Luis Pinto.
¿Cuántas veces les habrá dibujado en la pizarra y en el zacate del Proyecto Gol, el estratega colombiano a sus discípulos el plan táctico para el juego?
Detallista, meticuloso, perfeccionista, obsesionado y obcecado, el entrenador colombiano le dio una lección —vaya paradoja al Maestro—, quien con hidalguía reconoció que tácticamente, Costa Rica se comió a los suyos.
¡Fue el partido de Pinto!
Se lo habrá soñado mil veces y sus ordenados discípulos se lo dibujaron en la grama como obra de arte maestra; una pintura sin retoques, plena, exuberante, apasionada, colorida, perfecta.
Escribí que el fútbol costarricense es de quinto mundo; escribí que la Selección Nacional no ganaría ninguno de los tres juegos en Brasil; a los amigos de confianza les manifesté que no meteríamos ni un gol.
Jamás me imaginé un partido de tanta belleza, calidad, voluntad, clase de un seleccionado que volvió loco a un país completo y que logró que este columnista negativo e incrédulo, llorara, sí, llorara emocionado y feliz, cada vez que el balón, en cámara lenta, en un par de recorridos de infarto, caminó “haciendo trencito”, desde la cabeza de Óscar Duarte y la pierna derecha de Marco Ureña, a la red.
Dos goles lentos, emotivos, indescriptibles, letales.
Antes, el chico del Arsenal, ya había estampado su mortero en las redes de Muslera.

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