Gaetano Pandolfo

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Miércoles 16 Enero, 2008

Nota de Tano

Gaetano Pandolfo
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La crisis del Puntarenas estaba cantada.
La metida de escarpines de Jorge Alarcón resultó de antología.
Aquí la pronosticamos al día siguiente de que se anunció la marcha del “Flaco” Luis Diego Arnáez.
Un técnico de riñón chuchequero fue cambiado por un “intruso” de color morado, pintura que manchaba el uniforme naranja.
Y, desde luego, los futbolistas boicotearon el suceso.
La renuncia de Alejandro Larrea tiene, vaya coincidencia en un Puerto, un mar de fondo.
No se trata de que se marcha porque Puntarenas no ganó ningún partido.
Se marcha porque los jugadores de Puntarenas le boicotearon su trabajo y esto es algo muy peligroso, porque es un hecho repetitivo en el fútbol nacional.
Los futbolistas costarricenses tienen esa extraña “virtud” de unirse cuando se disponen a botar a un técnico, incluso en la Selección Nacional.
Y no crean que se reúnen entre ellos para planear la caída; no es así; es que sin hablarse, el grupo de jugadores que no está de acuerdo con la decisión de sus dirigentes a la hora de escoger un director técnico que no es de su agrado, “se organiza” mentalmente para botarlo.
Y tampoco crean que los jugadores del Puntarenas estaban contra Larrea. ¡No! Los futbolistas chuchequeros estuvieron desde el inicio en contra de la decisión de Alarcón de botar a Arnáez y no se la perdonaron.
Lógicamente, firmaron la protesta en el terreno de juego, no dejándose ganar, porque no se trata de eso, sino, negándole a su nuevo entrenador la actitud mental positiva que se requiere para lograr los triunfos.
Jorge Alarcón metió la pata.
Alejandro Larrea fue la víctima.
Los jugadores del Puntarenas los verdugos.
Pero, el mayor responsable de la crisis es el presidente del club Adrián Castro, por su falta de olfato para percibir el drama que se estaba cocinando.
Don Adrián nunca debió permitir la intromisión de Alarcón en un asunto no administrativo, por más gerente deportivo que fuera; el jerarca chuchequero se fue de cabeza en el tobogán de la precipitación, cuando dejó marcharse a Luis Diego al fragor de un mal resultado y con estados de ánimos calientes en todas las partes. Y su paso en falso más grande fue escuchar los cantos de sirena de don Jorge, que le prometió tras la caída de Arnáez, un equipo repleto de jóvenes promesas que en pocos meses serían vendidas al fútbol extranjero, como si los futbolistas costarricenses fueran codiciados por el mercado internacional.
Ahora, analizada la participación en la crisis de sus principales actores, se debe reflexionar severamente sobre el peligro que le significa a cualquier deporte, que los verdaderos protagonistas del espectáculo, en este caso los futbolistas del Puntarenas, se hayan unido para boicotear el trabajo profesional de un técnico, convirtiéndolo, por errores de otros, en víctima y desempleado. Esto es injusto y merece replantearse.