Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Lunes 12 Mayo, 2008

NOTA DE TANO


El recuerdo más grande que guardo del Estadio Nacional es mi papá.
Desde que entré a la escuela Juan Rudín en 1950 y hasta que salí en 1955, muy pero muy pocos domingos mi padre Leonardo, un apasionado del fútbol, dejó de llevarme de la mano al máximo coliseo.
Salíamos religiosamente del barrio La Dolorosa hasta la Iglesia La Merced; 100 metros al norte del templo en Musmanni se tomaba el bus al Estadio; unos iban directos y paraban donde hoy es Canal 7; otros llegaban hasta el monumento a León Cortés y desde ahí a caminar, atravesando la pista de aterrizaje del viejo aeropuerto.
Gracias a papá pude ver en el Estadio Nacional a los mejores equipos y jugadores del mundo.
¿Cómo olvidar a “La Negra”, fanática del Herediano, que vendía lotería al grito monumental de ¡Viva Heredia!; y al vendedor de empanadas de chicharrón, frijol y carne, con sus ojos celestes?
Impresionante escuchar la voz timbrada y universal de Luis Cartín, anunciando por los altoparlantes las alineaciones de los equipos gracias al patrocinio de la Cabalgata Deportiva Gillete. “Atención amigos fanáticos, mucha atención”, arrancaba don Luis.
Luego, ya adolescente y joven, de 1956 a 1965, no dejamos de ir al Estadio Nacional a la gradería de sol, con los compañeros del barrio y el colegio. Etapa dorada del Saprissa: el tricampeonato de la Liga; las dos vueltas al mundo; los partidazos contra México; las cuadrangulares internacionales de fin de año; el partido contra Real Madrid; el gol de Juan Ulloa a Rogelio Domínguez; las eliminatorias mundialistas.
El matrimonio me alejó provisionalmente de la barra y del estadio, pero retorné para habituarme a él, desde 1969, cuando inicié mi carrera periodística, hasta ayer, en que gracias a Dios, aún guardo fuerzas y entusiasmo para seguir trabajando y escribiendo, con la misma ilusión de aquel joven de 27 años que un día en un juego en el Estadio Nacional hizo su primera crónica.
Ayer a la salida del Estadio y después de ser testigo de los momentos emotivos y mágicos que se programaron y vivieron en su día final, me abracé con Guido Peña Poll, quien estaba por ahí con sus nietos.
Sentí que en ese gesto de cariño y de amistad con un futbolista excepcional como fue Guido; él abrazaba a toda la prensa deportiva costarricense y yo abrazaba a todos los grandes futbolistas nacionales que pisaron la grama del Estadio Nacional en centenares de partidos.
Un bello gesto de mutuo cariño y respeto.
En el rostro de Guido, en el de Pastor Fernández, incluso en el de Ronnie Martins, autor del último gol en ese Estadio, vi reflejado el rostro de José Miguel “Chumpi” Zeledón, el futbolista que vestido de rojinegro me deslumbró en aquel primer partido que vi con mi papá en 1950 y que me hizo fichar de por vida como seguidor de la Liga.
¡Adiós, viejo coliseo!

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