Memoria de elefante

Sí, insisto: la corrupción de la clase política no es nueva en Costa Rica. También afirmo que no es única ni en Latinoamérica, ni en el mundo. Y al decir “mundo” me refiero al “primero”: hablo de la evolucionada Europa.
El 25 de diciembre del año pasado, durante su discurso navideño, el rey de España se vio obligado a mencionar el caso de su yerno, Iñaqui Urdargarin, acusado por supuesta apropiación indebida de fondos públicos por no pocos millones de euros. En esa oportunidad aseveró lo siguiente: “Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar”. Y añadió: “Cuando se producen conductas irregulares que no se ajustan a la legalidad o la ética es natural que la sociedad reaccione”.
Tres meses y medio después, la sociedad española ha reaccionado de nuevo ante la conducta irregular de su monarca que, tal vez, se ajuste a la legalidad, pero de ninguna manera a la ética.
En medio de una de las peores crisis económicas españolas, con una tasa de desempleo del 23%, el Rey sufrió una ruptura de cadera mientras participaba en una cacería de elefantes en Botsuana. Estos safaris cuestan más de €45 mil y, aunque su majestad haya sido invitado, ¿es correcto participar en uno de estos eventos cuando más de cinco millones de súbditos no tienen empleo?
Dejemos de lado el horrible “placer” de sacrificar a un paquidermo: ¿cómo puede alguien ser al mismo tiempo presidente honorífico de la World Wildlife Fundation y participar en cacerías?
Algunos consideran extraordinaria la actitud de don Juan Carlos al pedir disculpas por primera vez en 37 años de reinado. A la salida de su habitación en el hospital manifestó: “Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir.”
Texto críptico. No queda claro lo que siente, en qué reside su equivocación y qué es lo que no volverá a ocurrir. Su afición por la caza de grandes especies no es nueva: desde la década de los sesentas, viajaba con frecuencia a las colonias portuguesas persiguiendo leones, leopardos y elefantes. En 2004 consiguió un permiso, a cambio de €7 mil, para matar un bisonte en vías de extinción en Polonia.
De manera que no se equivocó una vez: fueron muchas. Y si no lo hubieran descubierto o/y si no se hubiera accidentado, tal vez lo seguiría haciendo.
En sus breves declaraciones se nota muy compungido. No es para menos. Más allá de su delicada situación ante la sociedad civil española, su nieto Froilán se recuperaba en otro hospital de un disparo de escopeta en el pie. Al parecer practicaba tiro o limpiaba unas armas junto a su padre, no ha quedado claro. Lo que sí es claro es que la realeza española es una familia de armas tomar.
Sorprende que luego del trágico accidente que sufriera don Juan Carlos a sus 18 años no haya experimentado un horror a las armas. Tal vez lo olvidó. Puede ser que no tenga memoria de elefante.

Claudia Barrionuevo
claudia@barrionuevoyasociados.com

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