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Manaos, paraíso con vida propia

Luis Valverde
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El barullo del mercado impide comprender sus palabras. Descamisado, piel canela de tanto sol y con el esfuerzo emanando de su cuerpo en forma de sudor por culpa de un saco lleno de quién sabe qué producto sobre su espalda, aquel hombre intenta con desesperación que le abran campo mientras atraviesa entre un mar de personas —iguales a el— el muelle colgante.
Es un día ajetreado, como todos en el muelle de Manaos. Ubicado frente al mercado principal —réplica del Mercado de Halles de París, con estructuras en hierro fundido y vitrales de colores—, el muelle es la principal puerta de entrada al que se le considera el mayor pulmón del planeta.
La forma más común de comunicarse con el resto de Brasil es en barco. Manaos está asentada en la margen izquierda del Río Negro, muy cerca de donde este se une al Solimões y juntos llegan a formar el mítico Río Amazonas.
Esta unión de aguas es uno de los espectáculos naturales más visitados en la zona, pues las diferentes composiciones químicas de cada afluente causan que el agua no se mezcle en forma inmediata. En lugar de ello, los dos torrentes corren río abajo por algunos kilómetros, notándose a simple vista el yin yang acuático conformado por la diferencia de colores de las dos corrientes.
Sí, también hay aeropuerto en el centro de la selva amazónica, y este permite conexiones sencillas con vuelos a las principales ciudades cercanas, como por ejemplo Panamá. También existe una única carretera de entrada y salida, la cual atraviesa meridiana el estado amazónico hasta conectar con Venezuela.
Sin embargo, la historia de esta región, descubierta en 1665 por los portugueses, se ha construido siempre alrededor del río. Por allí salió el caucho que fue el principal motor económico a inicios de 1900 y por ahí también ha entrado gran parte de la modernidad que hoy tiene esta ciudad de unos 2 millones de habitantes.
Por eso, poseer un barco o al menos un bote pequeño es casi tan importante para los pobladores de Manaos como bailar samba.
La ciudad es casa de múltiples escuelas de baile, y por eso no extraña mirar a los jóvenes con sus uniformes descansar luego de sus entrenamientos en la plaza principal, mientras los vigila inerte la gran cúpula del Teatro Amazonas, construido en su mayoría por europeos y con materiales también del Viejo Continente.
Los dos grupos de samba más importantes —Caprichoso y Garantido—, con baterías de hasta 300 músicos, compiten cada año por ganar el Festival do Boi de Parintins.
Este es el carnaval más esperado del año, para lo cual muchos lugareños practican con su grupo favorito los cantos y coreografías en el bumbódromo local (sambódromo), el cual, curiosamente, no se utiliza para la competición. En su lugar, los amazónicos viajan 370 kilómetros río abajo, a la isla Tupinambarana, donde aprovechan para bailar durante tres noches seguidas.
La riqueza natural que generan el río Amazonas y sus afluentes provoca que los lugareños no extrañen el océano. No hace falta. Con caudales de hasta 10 kilómetros o más entre un extremo y otro del río, los playones son comunes en algunas zonas, cuando el cauce baja y es allí en donde surgen los “días de playa.”
Para el turista existen múltiples servicios, como bañarse mientras alimenta a los delfines botos, o bien participar en la pesca de pirañas para luego probarlas cocinadas por indígenas locales.
La vida en la selva amazónica es más que la simple visión frondosa mostrada por televisión. Manaos ha logrado unir el arte, la cultura, las tradiciones y su naturaleza, para mostrarle al mundo que tiene vida propia.

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