Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 28 Febrero, 2013

Este Congreso no es precisamente un dechado de virtudes ni un racimo de virtuosos


De cal y de arena

La silla vacía

Independiente, honesto, de intachable carrera y reconocido como uno de los mejores juristas del país, consciente —además— de la trascendencia que tiene la autonomía técnica y administrativa del Poder Judicial a los efectos de preservar y perfeccionar la democracia y de convivir con una Constitución no precisamente de adorno ni de papel, que es lo que condena a los pueblos a vivir sin dignidad. Esta precisión de atributos y virtudes ideales en el abogado que ha de ser llamado a integrar la Corte Suprema de Justicia, lleva la firma del magistrado Luis Paulino Mora Mora. Es lúcida página escrita tras los aciagos acontecimientos fraguados en la Asamblea Legislativa para defenestrar al magistrado Fernando Cruz Castro, en una malhadada reacción hepática de los más desprestigiados círculos políticos que quisieron tomar venganza con él por las posiciones que con franqueza, solvencia y autonomía de voluntad, creyó que debía asumir en los expedientes a que se avocó en la Sala Constitucional. Abrumadora fue la repulsa hacia el desaguisado parlamentario que quiso censurar, advertir y llamar la atención de la Corte en un voto que pretextó reproches por lentitud en la administración de justicia y extralimitaciones en el ejercicio de las potestades de la Sala IV, pero que en realidad seguía la pauta del anhelo de uniformar la gobernabilidad del país al mejor estilo autoritario. Así lo acusó desde la Presidencia del Poder Judicial el Lic. Mora en aquel memorable pronunciamiento desde el atrio del Palacio de Justicia que sintetizó la censura nacional por la forma en que se dejó “una silla vacía”, la del magistrado Cruz. Hoy la silla que ha quedado vacía es la del magistrado Mora.
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El mismo cuerpo de legisladores que fue obligado a enmendar el entuerto por aquella masiva expresión de rechazo a la retaliación en el caso de Cruz, debe ahora llenar la vacante causada por el sentido deceso de don Luis Paulino. Este Congreso no es precisamente un dechado de virtudes ni un racimo de virtuosos. Y si terminaran imponiéndose los desplantes de ese redentor de la intolerancia que es el diputado Fabio Molina (nostálgico del “pa’eso tenemos la mayoría”), malos tiempos vendrían para la autonomía del Poder Judicial, el imperio del Derecho y el principio de los frenos y contrapesos en la estructura del Estado. Aunque la elección del magistrado requiere mayoría calificada de votos, el disparate puede darse en el evento de que coincidan las mismas secreciones hepáticas que quisieron vengarse con Cruz y los sueños napoleónicos de una “dictadura en democracia” que calle al disidente y haga de la división de poderes una mera expresión literaria. Muchos son los retos y debilidades que debe superar el Poder Judicial —dicho por su Presidente tras ese penoso 15 de noviembre— como consecuencia del colapso del estado de bienestar y de la incapacidad del Estado para materializar la Constitución Política, es decir, de cumplir con el pacto social por medio de políticas públicas. A tal efecto, bien haría la Asamblea en atender las orientaciones de don Luis Paulino.