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Ni la ley ni la condición de la Fuerza Pública han variado en la medida en que sí cambió la realidad nacional en relación con la criminalidad

La realidad cambió, la ley y la policía no

Dice una nota de este medio ayer que pocos hampones van a presidio, aun cuando son detenidos con un arma de fuego ilegal.
El tema es complejo y no de fácil comprensión en muchos casos para la ciudadanía que se siente inmersa en un ambiente de inseguridad, porque la realidad ha cambiado considerablemente en los últimos años.
En primer término, es necesario tener claro que no toda persona que sea encontrada en la calle con un arma de fuego ilegal es un hampón. El que lo sea o no es algo que se define únicamente mediante el debido proceso.
Por otra parte, alguien que ya ha sido anteriormente condenado por un delito, si se le detiene portando un arma de fuego ilegal, sí será enviado a la cárcel.
Algunas normas de nuestra legislación pueden hacer más complejo aún el análisis de todo esto, si vemos que, en general, alguien condenado por un delito castigado con cárcel de entre seis meses y tres años, si es un primerizo, puede verse beneficiado con el hecho de que se conmute esa pena por una ejecución condicional, es decir, que no vaya a la cárcel.
Lo cierto es que toda esa legislación fue aprobada para otra circunstancia nacional que algunos fenómenos actuales han cambiado considerablemente.
La aparición del crimen organizado, que antes no operaba en el país como sí lo hace ahora, cambió de manera importante la realidad y ni la legislación ni la condición de la Fuerza Pública han variado en la medida necesaria para enfrentar esa situación, algo que por otra parte no han podido hacer con éxito, incluso, países con mucho mayores recursos que el nuestro.
Así las cosas, el análisis de dos reformas a la ley de armas presentadas al Congreso, deben ser estudiadas con profundidad. Una de ellas es de la Presidencia de la República y la otra de los diputados de la Comisión de Narcotráfico y Seguridad.
Lamentablemente, mientras tanto la ciudadanía sigue viviendo la angustia de una inseguridad a la cual no estaba acostumbrada; la criminalidad y los hechos violentos siguen impidiendo la paz en los hogares costarricenses, muchos de ellos ya víctimas de la delincuencia y el que menos, atemorizado por su amenaza.

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