Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 7 Agosto, 2010


Elogios
La mano de Dios

Por fin acabó el circo, convertido en escandaloso conventillo. No solo merced a la intervención de autoridades, funcionarios, periodistas y alguna gente herida por la vergüenza es que se cortó en Argentina un culebrón largamente esperado tras la derrota con Alemania.
Puede que muchos desconozcan lo que el fútbol representa en el Sur debido al apasionamiento de una sociedad construida como pocas por el vínculo de más de 6 millones de seres que llegaron desde Europa en tiempos de pobreza, desocupación y necesidades, con predominio absoluto de italianos (por lo general del sur y genoveses que poblaron el barrio de la Boca), españoles (más gallegos que otra cosa) y en menor escala judíos de diversos orígenes (Europa Central y Oriente Medio), polacos y hoy, bolivianos y paraguayos. Muchos con el Mediterráneo en la sangre y escasos nórdicos. Más del 50% de esta ardorosa mezcla que en 100 años significó una corriente de 6 millones de seres con ansias de triunfo pero sin apoyarse mucho entre sí.
Al grano: Maradona, ídolo del pasado que era amado por medio país (en poco menos de un mes cayó al 23%) abrió desmesurada boca ante pequeños éxitos futboleros sin mostrar coherencia de equipo y con Messi y otros demostró que si viviera y le dieran a dirigir a Carlos Gardel, en menos de un mes lo convertía en un desconocido.
No fue criticado por el periodismo y veladamente, solo por Internet se le dijo lo que era evidente: dirigía a un equipo que no lo era pero contaba con las mayores luminarias del cielo europeo. Cuando alguien apenas se atrevió, se llevó en rueda de prensa una andanada de improperios de grueso calibre que le valieron una suspensión de la FIFA. Nadie lo reprendió. Quien lo hubiera hecho corría la suerte de un escarnio a nivel internacional de la hacedora de sus días e incluso se dio el lujo de mostrar a su lado a alguien que la AFA rechazó y nunca aceptó: Ruggeri.
El resto es conocido y no lo voy a repetir, pero en estos últimos días Maradona eludió la prensa y se contoneó junto a Chaves en Caracas mientras asentía a los improperios de ese gobernante contra su par de Colombia, estuvo ausente del homenaje el día 26 en el aniversario de Eva Perón junto a la presidenta Cristina que lo bancó en las difíciles y apareció al fin en rueda de prensa para leer un corto mensaje que acusa al presidente de la AFA de mentirle y a Bilardo, su ex entrenador, de haberlo traicionado.
Cuando pareció inevitable el dramón de amores y odios, de cobardes y compadres, de hinchada llevada en buses a la AFA, como antes fueron a Sudáfrica, el globo se desinfló y los 23 jugadores de la selección que iba a clamar por él, más bien deslizaron sus broncas por lo vivido en Pretoria y el distinto trato que tuvieron los amigos y entenados de aquellos que no gozaron de privilegios. Nadie habló, tampoco dejaron a Bilardo responderle y Grondona (hábil animal político que domina el fútbol argentino desde 1979 y va a cumplir 80) puso un manto de olvido sobre Maradona a quien no despidió (¿) e incendió a su posible sucesor (Salvador Bilardo) que sueña con ser presidente de la AFA, a la vez que apaciguó el circo del escándalo que nadie hizo en el mundo: otros que perdieron, renunciaron y agradecieron la confianza y se llevaron los billetes. Todos saben que la vida prosigue y le suceden la muerte y el olvido.
Maradona no. En el Mundial 86 cuando jugó como nadie, él solo con el equipo al hombro, dijo que había hecho el gol a Inglaterra con “la mano de Dios” y ahora da la impresión que se cree Dios, pero yo sospecho que en el fondo de su Ego inconmensurable considera que Dios es su secretario.

Leopoldo Barrionuevo
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