Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 5 Abril, 2013

Si las cosas siguen en este nivel de insensatez, el siglo XXI podría convertirse en la tumba de nuestra especie


La guerra se globaliza

El contraste no podía ser mayor. Los tambores de guerra aterrorizan hoy al mundo haciendo que el clamor de la gente sensata y la voz del Papa pidiendo una salida negociada a los conflictos entre las dos Coreas, en el Medio Oriente y en los países africanos, no haya tenido como respuesta sino la intensificación de los operativos que podrían provocar una conflagración que amenazaría, no solo la paz mundial, sino la existencia misma de la humanidad si se atreven a recurrir al armamento nuclear. Si las cosas siguen en este nivel de insensatez, el siglo XXI podría convertirse en la tumba de nuestra especie.
Actualmente las mayores amenazas a la paz mundial provienen de los conflictos del Medio Oriente y de la Península Coreana. Su causa es, en ambos casos, la misma: el control de las vías marítimas de comercio por parte de las potencias occidentales, sumidas hoy en la peor crisis sistémica desde 1929 y carentes de materias primas estratégicas, como son las fuentes de energía para su industria (gas y petróleo).


A lo anterior se añade el factor geopolítico pues no por casualidad, ambos conflictos se dan en las fronteras mismas de las dos más grandes potencias emergentes: China y Rusia. Lo cual explica por qué el nuevo líder chino lo primero que hace, al asumir su puesto, es visitar a su homólogo ruso, quien lo recibe en el Kremlin con el fausto de un zar, jurándose ante el mundo entero amor eterno.
Las grandes conflagraciones, que se constituyen en vuelta sin retorno de página en el libro de la historia universal, no se originan en última instancia en el afán de los imperios por explotar las materias primas (minerales o agrícolas) o humanas (mano de obra esclava) sino por el control de las vías (sobre todo marítimas) de comercio.
La explicación de tal hecho la encontramos en la economía política. La extracción de productos primarios mediante el trabajo humano responde al intento de las sociedades, organizadas en un sistema político, de satisfacer sus necesidades elementales como seres vivientes, lo que se califica como “valor de uso”. Pero al ser transportados a los mercados externos, esos productos del trabajo humano se convierten en mercancías, esto es, en “valor de cambio”.
El Mar Mediterráneo, desde la Guerra de Troya cantada y contada en la Ilíada, con lo que se dio origen a lo que Occidente entiende por “literatura”, ha sido codiciado indefectiblemente por todas las potencias mundiales como vía natural de comercio entre los continentes circunvecinos: Europa, Asia y África.
Más cerca de nuestro tiempo, ya desde la década de los 80 del siglo pasado el Océano Pacifico se ha convertido en la vía de comercio mundial más importante, desplazando al Atlántico que lo era desde la llegada de Colón a nuestras tierras.
Hoy, desde que Mac Arthur derrotó en la II Guerra al imperio nipón, el Océano Pacífico fue convertido por el Imperio en un mar americano.
Ahora China reclama un espacio propio para seguir desarrollando su incontenible expansión comercial. En conclusión, Pyongyang y Seúl me dan la impresión de ser tan solo piezas de un macabro ajedrez.

Arnoldo Mora