Adriana Ballestero es la propietaria La Fondue. Gerson Vargas/La República
Adriana Ballestero es la propietaria La Fondue. Gerson Vargas/La República

La Fondue: puerta de entrada a la cocina suiza
El restaurante La Fondue lleva tres años difundiendo la cultura suiza. Es único en su clase y comparte entre quienes lo visitan platillos tradicionales y algunos más contemporáneos.
Como su nombre lo sugiere, el plato bandera es el fondue en distintas combinaciones. Pero también hay otras opciones como el pastel de cebolla o el raclette.

La idea surgió de una tica apasionada por la cultura de Suiza, una ingeniera en sistemas que luego de trabajar en una multinacional decidió convertirse en emprendedora.
“Más que un lugar de buena gastronomía quiero que La Fondue sea una experiencia cultural. Por eso la ambientación es como la de una típica cabaña de los Alpes con sus manteles a cuadros, las banderas, la vestimenta, campanas y el uso de la madera cruda sumado a una amplia cantidad de platillos tradicionales”, aseguró Adriana Ballestero, propietaria.

En la cocina suiza la papa y el queso tienen un papel protagónico. Estos se complementan muy bien con otros ingredientes como panes de corteza dura, brócoli y jamones curados.

Un clásico fondue de queso suizo es una excelente forma de descubrir el menú. El plato se presenta con consistencia cremosa, se elabora a partir de vino blanco y quesos gruyère y emmental.

“Se come con un pan con consistencia, papa semilla y brócoli. Tenemos para una o dos personas. Le recomendamos a las personas que vienen juntas que pidan uno y si les gusta prueben otro”, detalló Ballestero.
Tal y como reza el eslogan del lugar “Juntos es más rico”, estos platos están diseñados para compartirse y a partir de esta experiencia lúdica disfrutar aún más el almuerzo o la cena.
Una segunda opción para descubrir en La Fondue es el raclette. En un plato colocan papa amarilla, ensalada, jamón serrano, pan, cebollitas y pepinillos en vinagre. Luego llega a la mesa un salonero con una pieza de queso raclette fundido en la superficie que deja caer tentadoramente sobre el plato.

“Quisiera que los comensales salgan con la idea de volver porque aquí encontraron una experiencia diferente. También me gustaría que les pierdan el miedo a los nombres y que descubran que somos mucho más que quesos”, finalizó la propietaria.


 

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