La crisis de ingobernabilidad y de liderazgo

Nuestro país vive una crisis de liderazgo e ingobernabilidad por diversas razones. El término ingobernabilidad se relaciona con la incapacidad del Gobierno para responder a las demandas de bienestar. La ingobernabilidad tiene su fundamento en la idea de “disfunción”.
Existen tres versiones disfuncionales de la ingobernabilidad: La primera visualiza a la ingobernabilidad como el resultado de un exceso de exigencias sociales, que obstruyen los procesos gubernamentales de respuesta del Gobierno y merman la capacidad de servicio público. Gobernabilidad e ingobernabilidad son identificados como partes del mismo proceso político, la primera como función, la segunda como disfunción.
El segundo enfoque, la determina como un problema derivado de la insuficiencia de ingresos fiscales provenientes de la actividad meramente tributaria del Estado, ante el aumento incesante del gasto público; es decir, la estrechez financiera es disfuncional al sistema.
En el tercer enfoque, la ingobernabilidad es concebida como el producto de la crisis de gestión del Gobierno y de la degradación del apoyo político que le ofrecen los ciudadanos.
En el caso de nuestro país los gobernantes no tienen la confianza necesaria para lograr los cambios que el país necesita y se da una incongruencia entre lo que se dice y lo que se hace, como las promesas políticas para disminuir la pobreza, mejorar la seguridad ciudadana, mejorar la infraestructura vial, combatir la corrupción.
De las situaciones más críticas una es la inseguridad ciudadana, ya no se vive con seguridad en las casas y mucho menos en las calles.
En lo económico, nos regimos por la ley de los grandes números, y a lo que se le da énfasis es a la estabilidad macroeconómica, no importa que crezca la brecha entre los que más tienen y los más pobres. Se propicia básicamente el crecimiento económico y con excepción de algunos programas como Avancemos y el del bono de la vivienda, no se ve un esfuerzo integral para disminuir la brecha entre los que más tienen y los más desposeídos y para mejorar la situación de la clase media.
Se carece de un Modelo de Desarrollo País, que permitiría lograr un mayor consenso sobre el rumbo que se debe dar a la nación y cuáles son las soluciones adecuadas en el mediano y largo plazo, independientemente del partido que esté en el gobierno.
En cuanto a las decisiones y acciones de los políticos, siguen siendo poco transparentes. Se siguen nombrando miembros de juntas directivas, ministros y en otros puestos no por la capacidades de las personas, sino por las relaciones e influencias.
Nuestro país carece de líderes y estadistas que nos guíen. Hacen falta visionarios con la capacidad de José Figueres, que promovió el modelo de desarrollo para Costa Rica; la fortaleza de Braulio Carrillo, la honestidad de Francisco Orlich y la sensibilidad social del Dr. Rafael Angel Calderón Guardia.

Bernal Monge Pacheco
Consultor
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