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Jueves, 15 de noviembre de 2018



FORO DE LECTORES


La gasolina de los diputados no es derroche

| Martes 08 julio, 2008


La gasolina de los diputados no es derroche


El periódico LA REPUBLICA se ha caracterizado por ser uno de los medios más serios, ponderados, pluralistas y especializados de la prensa costarricense. Siento en lo personal un gran respeto por su Director, don Luis Alberto Muñoz, y cuerpo periodístico.
Cuando un medio así señala errores y lanza fuertes críticas a la gestión pública, hay que tomarlo en serio, dar explicaciones y responder objetivamente.
Por eso no puedo dejar sin glosar el comentario que don Luis Alberto Muñoz publicó el día viernes 6 de julio bajo el título “Diputados nadan en gasolina”. No sé si habrá casos en que, individualmente, pueda calzar esa crítica, pero por los que yo conozco, esa apreciación no resulta justa.
Los respetables lectores y el Director de LA REPUBLICA deben tener presente que la mayoría de los diputados venimos a la Asamblea dejando nuestras actividades propias, muchos, el ejercicio liberal de la profesión como médicos, odontólogos, abogados, etc., donde seguramente teníamos ingresos muy superiores a los que por dietas y otros extremos devengamos como diputados. Pero, además, muchos deben viajar a sus comunidades lejanas y atender a sus familias para no sufrir el desarraigo emocional que representa separarse de sus hijos y esposas y esposos; alquilar una casa en la capital, con todos los gastos que eso supone.
Todos tenemos que realizar tareas en las comunidades y atender actividades incluso fuera de nuestras zonas, lo cual es propio de la labor de los diputados. En la mayoría de los casos, aportamos nuestros propios vehículos para el trabajo legislativo en las comunidades; de ser necesario debemos dar gasolina a asesores para que sus raquíticos salarios no sean sacrificados o incluso a dirigentes comunales que no cuentan con ningún recurso para su labor. No puede considerarse, por eso, que estemos nadando en gasolina.
Los diputados hemos aceptado ajustarnos los cinturones, no ahora sino desde hace buen tiempo, incluso al precio de disminuir las condiciones de dignidad de la función misma.
Con el “pacto de la galleta” se disminuyó el alimento a diputados que tenemos que soportar a veces extenuantes sesiones, en comisiones y en el plenario.
En razón de esas restricciones, debemos realizar nuestras labores con menos asesores, lo cual hace más difícil elevar el nivel de la función general, por cuanto no contamos con personal de áreas muy especializadas, cuya asesoría se requiere en casos específicos como lo fueron las materias del TLC y de la agenda de implementación. Hay casos que, por su particularidad técnica o científica, demandan el criterio experto que, por lo general, es muy costoso.
Comparativamente, los ingresos que percibimos los diputados costarricenses son mucho menores que los que devengan los diputados de muchos países centroamericanos, que seguro cuentan con mejores condiciones y apoyos logísticos. Algunos de ellos, como El Salvador, donde el ingreso del diputado es de $4.025,72, en Nicaragua de $4.300,00, Panamá $7.000,00 y República Dominicana $4.993,00; en contra de los $3.925,00 de los diputados costarricenses, dentro de los cuales van incluidos los $431 por los litros de gasolina que recibimos, que por ley está establecido. Téngase además, que los diputados no recibimos viáticos en ninguna gira nacional, ni para alimento, alojamiento o transporte, como sí tienen derecho los demás funcionarios públicos.
Yo sé que el sentido del distinguido periodista es señalar lo que le parece incorrecto, y no atacar y disminuir la dignidad de los señores y señoras diputadas, al hacer una crítica sobre el uso de combustible. Con razón o sin ella, sabemos que existe desde hace un tiempo un ataque directo y sostenido a todo lo que se denomina “clase política”, la cual se ha satanizado como sinónimo de corrupción. Tal ataque, además de injusto por generalizado, le ha hecho un daño muy serio a la democracia, cuando los ciudadanos, o al menos buena parte de ellos, han sido llevados a concluir que la democracia es corrupta.
Ciertamente, la sociedad entera ha debido ajustarse a condiciones que nos obligan en el corto plazo al ahorro, la racionalización de los recursos, el uso del transporte público (que lastimosamente no es eficiente, ni está preparado en planeamiento, rutas, unidades ni vías de comunicación interurbana), y en el mediano y largo plazo, buscar la sustitución de la energía basada en hidrocarburos fósiles, por energía limpia renovable.
Nada justifica el derroche de recursos cada vez más costosos y escasos.
Los costarricenses no solo debemos procurar, en este nuevo siglo, un sistema democrático de mayor transparencia y eficacia contra todo tipo de corrupción, porque es un asunto de supervivencia nacional. Sino que, también, debemos hacerlo sin sepultar la democracia. Pero, más que nada, estamos urgidos de dejar atrás el espíritu pequeño que nos impide pensar ideas y proyectos grandes para el país, y sobre ejecutarlas. Tampoco podemos continuar disminuyendo la dignidad con que deben cumplir sus funciones los Supremos Poderes de la República.

Federico Tinoco Carmona
Diputado