Ingobernabilidad

Desde el antiguo Egipto se conoce el principio universal que dice: “Todo es doble, todo tiene dos polos; todo su par de opuestos”. Según esto, cualquier creación es el resultado de dos fuerzas opuestas en permanente interacción.
Derecha e Izquierda son la causa de todos los movimientos políticos a través de la historia. La tensión creativa entre esas dos corrientes antagónicas es lo que permite que haya una dinámica hacia el progreso. Para dirigir un país en democracia se requiere no solo del apoyo del partido gobernante, también es necesaria una oposición con igual fuerza que permita el equilibrio y la regulación social.
Nuestra ingobernabilidad proviene de una sobrecarga del Estado producto de un intervencionismo expansivo, que condujo a una crisis fiscal permanente.
El exceso de peso en las funciones del Estado es el legado de que una sola corriente política que, con pocas y relativas interrupciones, ha dirigido al país en los últimos 60 años.
Así llegamos a tener un estatismo incontrolable, que abrió el espacio para el clientelismo, la corrupción y la pérdida de autoridad.
Es evidente que los ciudadanos no confiamos ya en el liderazgo. Esto ha permitido que se cuelen terceras fuerzas que ensucian todavía más el panorama, dando lugar a la fragmentación y pérdida de identidad de los partidos políticos.
En la década de los 90 se da el conocido pacto Liberación-Unidad (PLUSC). Juntos deciden disfrutar las mieles del poder. Mantienen la apariencia de lucha en las bases, mientras que las cúpulas se ponían de acuerdo en todo aquello que fuera de mutuo interés.
Se perdió el pensamiento político y la ideología en los dos partidos mayoritarios. Por eso, hoy, no hay visión compartida, ni metas, ni trabajo en equipo. Los ministros y presidentes ejecutivos son, en su mayoría, pega banderas con título universitario.
Los diputados no presentan un norte definido ni ideas propias. De ahí que el que se involucra en política es considerado un ingenuo o alguien que busca intereses específicos.
Perdimos la dinámica de opuestos. Liberación se convirtió en el polo dominante que ya sin contrapeso, se enreda en sus propios mecates cayendo en la ingobernabilidad. Nace una nueva categoría social en el país, la clase política, que el pueblo repudia, lo que complica todavía más la tarea.
No se puede gobernar en esas circunstancias, es necesaria la evolución de la cultura política, una orientación más clara de la economía y mejorar la distribución de la riqueza. Pero esto, en nuestro estado de desequilibrio, es materialmente imposible.
Muchos estaríamos dispuestos a cooperar en la construcción de un nuevo orden social, pero las puertas permanecen cerradas. Se necesita de la participación ciudadana y principalmente de una oposición claramente definida, para poder plantearnos un nuevo proyecto país.

Bruce Masís Jiménez
Lic. en Ciencias Económicas y Sociales
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