Foto Bloomberg/La República

En este momento, los que peligran son justamente los mercados del carbono, la solución de libre empresa para salvar al mundo del calentamiento global.

La idea era bastante simple: fijar un límite para las emisiones de carbono, emitir suficientes permisos como para permitir que centrales eléctricas, refinerías y cosas por el estilo se mantengan dentro de esos límites y luego, con el tiempo, contraer el tope para lograr reducciones. Las compañías cuyas emisiones bajan más rápido pueden vender sus permisos a cambio de una ganancia respecto de las que tardan en responder –una especie de recompensa por buena conducta.

La realidad es más compleja, empero. Debilitados por la falta de voluntad política respecto del alcance de los topes y superados por los nuevos y costosos mandatos ambientales, los mercados del carbono en los Estados Unidos, Europa y Asia están colapsando, con los precios tan bajos que prácticamente han perdido todo valor.

Los créditos subastados en el Noreste estadounidense en junio, por ejemplo, se vendieron por apenas $4,53 la tonelada corta, una caída de 40% respecto de diciembre.

“La política climática ha sido confusa y embrollada”, dijo Michael Grubb, profesor en el Instituto de Recursos Sustentables del University College London que asesoró al regulador del Reino Unido en materia de energía.

“Los gobiernos fijaron metas inadecuadas debido a las presiones de los grupos de interés y porque no pensaron con suficiente atención en la superposición de iniciativas. Eso destruyó la confianza de los inversores en que los precios del carbono subirán”.

La idea de un mercado del carbono se originó hace 20 años con Richard Sandor, un economista que también fue pionero de los futuros en tasas de interés en el Mercado de Chicago. En la actualidad, hay 38 países, ciudades, estados y provincias que utilizan sistemas de fijación de precios en un intento de poner freno a los gases de efecto invernadero, según el Banco Mundial.

El problema es que los permisos se venden a un precio cada vez más bajo. El excedente de asignaciones está volviéndose tan grande en los sistemas manejados por Europa, California y Quebec –que juntos representan más del 90% de la negociación global- que para 2022 podría cubrir las emisiones producidas por cada auto en la Tierra durante un año entero, según estimaciones del grupo ambiental de Londres Sandbag Climate Campaign CIC y Bloomberg New Energy Finance.

En el mercado de California, se vendieron los 23 millones de permisos en una subasta en 2014. En mayo, 7,3 millones de permisos encontraron comprador, apenas un 11% de la cantidad puesta en venta.

Los mercados se derrumban justo en un momento en que la votación del Reino Unido a favor de salir de la Unión Europea pone en duda el futuro del mercado más grande del mundo amenazando con contraer la demanda. La caída tampoco es un buen presagio para China que, siendo el principal emisor de gases de efecto invernadero, se prepara para poner en marcha el suyo el año próximo.

Alex Rau, director en el grupo de asesoramiento sobre negociación de carbono Climate Wedge, atribuye en gran medida la caída a “una paranoia extrema” en el sentido de que el precio del carbono subirá demasiado. Por eso, en vez de reforzar los topes que son impopulares para algunas compañías petroleras, fábricas contaminantes y los consumidores que en definitiva cargan con los costos, los políticos del mundo entero han tejido una trama de medidas superpuestas que son menos vulnerables a los grupos de presión.

China corre el riesgo de caer en la misma trampa que los demás. Los reguladores que se proponen establecer un mercado nacional en el país parecen estar tratando de evitar la sobreoferta, pero los precios ya se están desplomando en los pilotos que implementan, dijo Sophie Lu, analista en Pekín de Bloomberg New Energy Finance.

Tal como se ha repetido la historia del mercado del carbono en todo el mundo, dijo Lu, “es posible que China no esté dispuesta a pagar los costos políticos y económicos”.

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