Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 7 Agosto, 2013

Lo recitado no tenía ningún otro afán más que mostrar, justamente, la sujeción que tiene en Costa Rica el Estado confesional católico constitucionalmente establecido


Hablando Claro

Estado e Iglesia

Una prueba inequívoca del perjuicio que ocasiona en nuestra sociedad democrática y plural el empecinamiento de políticos y religiosos católicos de ir a contrapelo del signo de los tiempos, es la toma por asalto que les propinó la Conferencia Episcopal a los presidentes de los tres poderes del Estado el pasado 2 de agosto. No se hable ya de la utilización inapropiada de la festividad religiosa de la Virgen de los Ángeles para salir una vez más con los torcidos e insostenibles argumentos contra la asistencia científica que merecen las parejas con problemas para procrear. O del horror confeso que les provoca a los clérigos el matrimonio o la simple unión civil de personas del mismo sexo. Y no cito los estribillos anti aborto porque en este país no estamos discutiendo el asunto y argumentarlo en cada diatriba solo forma parte de discursos maniqueos.
Lo cierto es que, no contentos con aprovecharse de la fiesta de la Negrita para lanzar sus consignas habituales, la Iglesia se quitó las máscaras de la compostura y en un exceso público inédito de poder puso a recitar a los Presidentes del Gobierno que, sumisos, obedientes y hasta complacidos ante el fuero eclesial actuaron en consecuencia, consagraron a sus instituciones y repitieron hasta el clamor del perdón. Lo cual —dicho sea de paso— resulta inaceptable porque por más clemencia que hayan pedido doña Laura, don Fernando y doña Zarela por “todas las transgresiones que se hayan hecho en el pasado”, hay que decir que las transgresiones humanas en el ejercicio abusivo del poder no competen a la esfera celestial, porque son delitos comunes y silvestres que deben resolverse aquí en la tierra con procesos judiciales y resoluciones políticas o administrativas, según corresponda. Es decir que las transgresiones no son pecados a perdonar sino delitos como el enriquecimiento ilícito, la falsedad ideológica, la estafa, el fraude, el cohecho y otro cúmulo de figuras delictivas, cuya reparación en sus efectos y consecuencias no dependen del poder divino, sino del Estado de derecho.
Así pues, lo recitado no tenía ningún otro afán más que mostrar, justamente, la sujeción que tiene en Costa Rica el Estado confesional católico constitucionalmente establecido como norma pétrea imposible hasta ahora de modificar, a la autoridad eclesial.
Lo más paradójico de la cuestión, es que esto ocurrió en nuestra folclórica Suiza, tan solo unas horas después de que el papa Francisco abandonara las tierras americanas afirmando sin titubeos no solo que no hay que juzgar a los demás por su preferencia sexual, sino que el Estado laico permite y promueve la sana convivencia y es por tanto conveniente y necesario.
Con tan contundente declaración, aquí debería haber paz y en el cielo gloria. Pero está de Dios que nuestros prelados están más ocupados en las cosas de la carne que en las del espíritu y por supuesto, más preocupados por la paja del ojo ajeno que por la viga del propio.
Con todo, el bochorno de lo sucedido en la escena de la consagración y el perdón no es una mala señal. Por el contrario, es una muestra de cuan fuertes son los vientos de cambio que se avizoran en un horizonte cada vez más cercano.

Vilma Ibarra