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Sábado 11 Octubre, 2014

Nos hemos dormido en los laureles y por consiguiente hoy en día ya son otros los países que figuran en los titulares del mundo


El homo insanitus todavía puede cambiar

Es demasiado tarde para ser pesimista. ¡Motivémonos! Si voláramos como aves, observaríamos la naturaleza maravillosa, y nuestro impacto en ello: parcelas de los pueblos indígenas que quedan en el mundo, y también las enormes fincas agroindustriales. Bosques vírgenes que aún quedan intactos, dándonos oxígeno, sustento y biodiversidad; pero también la devastación de bosques arrasados.
Con tan solo 200 mil años de existencia en este planeta, nuestra especie representa la mayor amenaza jamás conocida. Nos hemos dedicado a la destrucción de nuestro único hogar a través de la extracción sistemática de recursos, para responder adecuadamente a las llamadas demandas socioeconómicas, de nuestro paradigma de “desarrollo”.
Miles de millones de nuestros hermanos sufren condiciones deplorables de pobreza. El 2% de nuestra especie controla el 90% de la riqueza de la misma, y curiosamente la mitad de los pobres del mundo, viven donde más recursos naturales hay.
Más allá de esta disparidad, en los últimos 50 años esta misma explotación ha alterado el balance ecológico terrestre. Volando otra vez como aves, veríamos algunos ejemplos tremendos: Dubái, monumento a la insostenibilidad, homenaje al exceso.
El 20% del bosque amazónico —selva tropical más grande del mundo— convertido en fincas ganaderas y de agroindustria, no para alimentar a los hambrientos sino para lucrar: produciendo biocombustibles o alimento para más ganado.
Más cercano, en Guanacaste, hay marinas y campos de golf, casi que al lado de terrenos arrasados destinados a los monocultivos para la exportación. Cosas que al mismo tiempo parecen ser invisibles, e invisibilizan a las comunidades locales y empobrecidas.
Nos llamamos Homo sapiens pero no demostramos sabiduría. Nuestra supervivencia —al igual que la de la mayoría de los especies del planeta— depende de nuestra capacidad para compartir y distribuir equitativamente la tierra y los recursos.
Debemos vivir una vida más simple, que no requiera tantas cosas, y que esas cosas sean producidas localmente. Nuestro país ya una vez rechazó exitosamente el llamado modelo occidental con la abolición del ejército para invertir en educación, turismo ecológico y la conservación de los recursos. Nos hemos dormido en los laureles y por consiguiente hoy en día ya son otros los países que figuran en los titulares del mundo.
Vivimos en una época decisiva, las políticas de desarrollo sustentable y sostenible pueden responder a todas nuestras necesidades sanas, sin comprometer la habilidad de que las futuras generaciones respondan a las suyas.
Somos todos responsables del futuro del planeta y precisamente por eso, todos tenemos un rol en esta gran cooperación y contamos con la capacidad para tomar acciones y movilizarnos mental y físicamente.

Salvatore J.M. Coppola Finegan

Historiador y lingüista