El espíritu de las esferas
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No es Perseo con la cabeza de la Medusa, tampoco Salomé con la de Juan el Bautista; ni la Judit bíblica con la cabeza de Holofermes.

Son nuestros antepasados indígenas, año 300 d.C., danzando bajo la luna llena, acariciados por el tibio calor de ardientes fogatas; embriagados bailan alrededor de inmensos monolíticos petrificados en perfecta forma esferoidal.

Sostienen las recién degolladas cabezas de enemigos tribales, a quienes les chorrea la sangre colocada como tributo sobre aquellas colosales piedras redondas, en honor a sus divinidades, capturando en su interior el alma del enemigo para que no cobre venganza en su contra.

Las Can Basat Rojc o esferas de piedra en dialecto indígena, han sido parte de mitos e hipótesis, el relato anterior es uno hipotético de los muchos que existen alrededor de estas misteriosas esferas: desde haber sido fabricadas por descendientes de la Atlántida, incluyendo la participación de extraterrestres, hasta ser fuentes de energía y bienestar; elementos de equilibrio tectónico y puertas dimensionales.

El rol simbólico y espiritual de las esferas no está claro. Sí se puede afirmar la unidad entre espíritu y vida cotidiana de las sociedades precolombinas, la complejidad de sus estructuras políticas, sociales y productivas, fenómeno reconocido por la Unesco; criterio que sustentó la decisión del ente para la declaratoria de cuatro sitios arqueológicos costarricenses con esferas precolombinas ubicados en el cantón de Osa, Puntarenas, como parte del Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Magia precolombina

La investigadora María Eugenia Bozzoli recopila una sola leyenda de los bribris, en la que menciona al Tlachque, dios del trueno, quien con una cerbatana lanzaba las petro-esferas para acabar con animales cósmicos que portaban al diablo dentro de ellos.

También, dentro de la cosmología  bribri, compartida por cabécares , las esferas de piedra son «balas de Tara» (el mismo dios Tlachque) lanzadadas a los serkes (dioses de los vientos y los huracanes) para alejarlos de estas tierras.

 

El mágico rito de danzar alredor de las piedras redondas en honor a las “divinidades”, podría representar un papel político y de poder importante. Los estudiosos no discuten más el que las esferas fuesen un símbolo de poder, usualmente colocadas a la entrada de palenques, cuyo habitante (s) sería o un chamán o un cacique de alto rango jerárquico.

 

Este poder está magnificado por la espiritualidad que podría encerrar las gigantes bolas de piedra, en cuyo interior, nuestros antepasados, a través de magia y ritos mágicos, se podían asegurar el claustro del alma enemiga, cuyas cabezas cercenadas representaban un trofeo para la tribu victoriosa.

 

También está la variante opuesta: cuerpos vivos en ausencia de cabeza, lo que daría origen a las leyendas del “Padre sin cabeza” y del “Jinete sin cabeza”.

 

Nuestros antepasados no solo cortarían la cabeza como trofeo a la victoria contra el enemigo; sería más bien un símbolo de apropiación de su poder, conocimiento y sobretodo de su alma, catapultada, petrificada al interior de esas “balas de Tara”, inexplicables esferas costarricenses que aún hoy responden más a la mitología y magia precolombinas que a un acuerdo científico de la comunidad nacional e internacional.

 

Carmen Juncos

Ricardo Sossa

 

Editores jefes de Candilejas


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