Rodolfo Piza

Rodolfo Piza

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Miércoles 23 Diciembre, 2015

La Navidad y la recuperación de la esperanza

Celebramos la Navidad para recordar el nacimiento de Jesucristo. Para recordar a Aquel que nos devolvió la esperanza “sin derramar más sangre que la suya propia sobre la cruz” y que, al hacerlo nos redimió también del “pecado original”. No solo la esperanza para un pueblo elegido, sino para toda la humanidad y la esperanza en la vida eterna.
Para recordarnos también los valores de libertad, de responsabilidad, de igualdad y de fraternidad cristianos. Fraternidad recogida insuperablemente en las Bienaventuranzas de Jesucristo.
“Esta sala de espera sin esperanza”, recordaba Joaquín Sabina y aunque se refiere a otra cosa (a su “corazón, tan maltrecho y ajado, que está cerrado por derribo”, en su maravillosa “Nos sobran los motivos”); la expresión viene al pelo para lo que quiero destacar.
Y aunque asumo que el corazón maltrecho de Sabina tiene suficiente miga, es claro que el vacío de una vida sin esperanza tiene mucho más. Y puesto a escoger, asumo también que nada más desesperada que una vida sin la esperanza de la vida eterna.
Se trata, quizás, de la angustia existencial por excelencia. La lucha contra “el ser y la nada” de Sartre, o la concepción del ser humano condenado, como Sísifo, a cargar una piedra hasta la cima de la montaña y verla rodar hacia abajo, tan pronto como se alcanza la cumbre (Albert Camus, “El Mito de Sísifo”).
En verdad, los seres humanos queremos transcender. Pero no nos basta con la secular “trascendencia histórica” (mientras se acuerden de nosotros y de nuestras obras, responde el megalómano, viviremos en la conciencia de la humanidad), ni tampoco con la trascendencia de nuestros genes (“El Gen Egoísta”). Claro que no despreciamos esa trascendencia, ni la histórica, pero la trascendencia sublime es la sobrevivencia de nuestro espíritu o de nuestra alma.
Santa Teresa de Ávila (este año 2015 acabamos de celebrar el V centenario de su nacimiento), lleva esa esperanza de transcender al extremo místico, al expresar que “vivo sin vivir en mí y de tal manera espero, que muero porque no muero”.
Esa esperanza es la fortaleza de los creyentes, sobreponerse a la angustia existencial, pensar que nuestro paso en la vida terrenal no es únicamente “el camino de la cuna a la sepultura” (Quevedo), sino algo que lo trasciende.
No se trata de la anécdota que atribuyen a Bioy Casares, al recordar a aquel peatón que se topa a otro que procura detenerlo para saludarlo: “Lo siento, Conklin, estoy en mi camino de la cuna a la sepultura y no tengo tiempo para intercambiar cortesías”.
Pero nosotros sí tenemos tiempo para devolver la cortesía (el saludo), porque no reducimos la vida a ese trayecto. La Navidad nos recuerda el mensaje de Aquel que nos enseñó que una de las formas más plenas de trascender se encuentra en el amor al prójimo y en la solidaridad con los necesitados. Nos recuerda, en suma, que existe esperanza para cada uno de nosotros y para la humanidad.
Feliz Navidad a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Rodolfo E. Piza