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Lunes 9 Agosto, 2010



Las familias de las mansiones creyeron que a un hijo se le educa a fuerza de billetes y sufren a lo interno de sus lujosas casas las desgracias del alcoholismo o la adicción a las drogas, entre otras cosas

Lector
El abuso de la libertad


Estudiantes que cachetean a sus profesores, en una escuela de Santo Domingo de Heredia; jóvenes que agreden a los policías, en el estadio Eladio Rosabal Cordero, la noche del clásico; estudiante que mata a una directora, en julio pasado en Heredia; menores de edad que asaltan a mano armada y al mejor estilo del viejo Oeste disparan contra todo y contra todos.
Señores, estamos asistiendo al colapso de un sistema educativo permisivo en que la tiranía del estudiante se impone a la cobardía del educador, quien en parte tiene razón porque nuestras leyes, en este caso y en muchos, protegen al infractor.
El estudiante hace lo que le da la gana ante un educador que no impone respeto. ¿Cuál es el error? El error de nuestra educación no es el no poder controlar a esos estudiantes belicosos, muchos de los cuales se preparan —o cuidado si no están ya— en el mundo de la delincuencia. Pero ese, repito, no es el error. El error está en no haberle puesto reglas claras a ese joven, desde el mismo kinder y en la primaria, cuando el estudiante era un niño inocente y no un estudiante rebelde.
Pero, ¿no se acuerdan, maestros? Tal vez aquel niño peleón, inconstante y con actitudes impropias de un infante, del que usted nunca quiso indagar porque lo único que quería era quitárselo de encima, tal vez sea uno de estos que ahora hacen tanto daño. Por qué no averiguó entonces sobre su entorno familiar; sobre su hogar, su barrio, sus amistades, de la situación en que estaba inmerso a sus seis añitos; por qué no intentó salvarlo, entonces…, prefirió lanzarlo a la hoguera y agujerear aún más esta barca social que se está hundiendo.
Y alguien dirá que no, porque es la familia donde empieza el asunto. Pues sí, empieza ahí si es una familia donde existen valores, respeto, moral, religiosidad; pero hay familias donde desgraciadamente el asunto ya no caminó; y no solo hablo de familias pobres, donde la miseria, el hambre y la falta de vivienda y de trabajo marcaron el perfil de sus integrantes y crearon un círculo vicioso; también están las familias de las mansiones; esas que creyeron que a un hijo se le educa a fuerza de billetes y sufren a lo interno de sus lujosas casas, las desgracias del alcoholismo o la adicción a las drogas, entre otras cosas.
Nuestra juventud se descarrila en su intolerancia, malacrianza, soberbia e irrespeto. Los rebeldes con causa se quedaron en el pasado y ahora mandan los sin causa; jóvenes que aprendieron a matar en nintendo y en la tele, y creen que los muertos quedan atrás y nadie se preocupa por ellos.
Costa Rica necesita reformas urgentes; la educativa es una, y desde sus raíces. Pero, triste visión, en un país donde los diputados se dan el lujo de acordar desobedecer una orden del Ministerio de Salud, mientras el resto del pueblo sí tiene que obedecerlas, se les está enviando un pésimo mensaje a nuestros niños y jóvenes de que en este país se perdió el respeto, por todo y por todos.

Luis F. Rojas Gómez