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Sábado 26 Octubre, 2013

A las denuncias, aun las anónimas, se les debe prestar oído atento, pero no fe ciega. Tan insensato es creer sin pruebas, como descartar a la primera, porque no las conocemos


Denuncias anónimas

Bajo el anonimato se esconden personas con temor, pero no todas temen lo mismo.
Está quien tiene miedo de que le corten la cabeza (literalmente), y también quien quiere cortarla sin ensuciarse las manos.


El peón que busca un salario justo y el corrupto de cuello blanco ansioso de poder, dinero o prestigio.
El niño que quebró el florero y el magnate que quebró la empresa.
Cuando aparece una denuncia y quien la interpone se refugia entre las sombras, no dejamos de preguntarnos las razones y los intereses; si será de unos o de los otros.
Entre los espectadores se dividen los criterios: Por un lado, los que hacen caso omiso del anónimo y, por otro, quienes creen que se debe investigar a fondo antes de emitir criterio.
También están los que dan fe de las denuncias a la primera, por morbo o conveniencia, esos que forman parte de las masas enardecidas, o que gustan enardecerlas.
A veces nos movemos como las olas, sin conciencia propia, con el ritmo que imponga el tamborilero de turno. Pero si queremos ser justos y pensantes, conviene ver qué sucede bajo las aguas o la mesa.
En algunos casos tendremos a quienes con pavor denuncian esperando no ser vistos, porque saben o sospechan que si el denunciado se da cuenta, los tratará de aplastar sin mayor reparo.
Casi siempre serán personas con más poder, contactos y malicia que los denunciantes.
Pero en otros casos están los que denuncian falsamente con una intención oculta.
A estos les sirve el anonimato para que después no se les devuelva la piedra que han lanzado.
Los que manipulan la verdad o la presentan a medias según su conveniencia, donde no se trata de proponer, sino de hablar mal de la otra persona, y si se puede hacer sin dar la cara, mejor.
Para algunos vivillos, es más sencillo ensuciar la imagen de otros que enaltecer la propia. Son personas que se aprovechan de las circunstancias para señalar fantasmas y asustar a un pueblo claramente predispuesto a sospechar tanto del político como del vecino.
A las denuncias, aun las anónimas, se les debe prestar oído atento, pero no fe ciega. Tan insensato es creer sin pruebas, como descartar a la primera, porque no las conocemos.

Rafael León Hernández

Psicólogo