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Viernes 26 Octubre, 2012

Del management a la ética empresarial

En algunas de mis clases con estudiantes de últimos años de Dirección de Empresas, he utilizado la metodología del caso, iniciada en Harvard Business School y que se ha convertido en el modelo a seguir por muchas escuelas de negocios.
En un viaje reciente tuve la oportunidad de compartir con el Dr. Rafael Andreu, profesor del IESE Business School. Coincidíamos en que el método del caso es eficaz cuando los participantes tienen una vivencia protagónica de la realidad laboral. Quienes no gozan de ella, probablemente no han cultivado tampoco la habilidad para saber escuchar a los demás, hábito indispensable que requiere un universitario para fomentar el espíritu crítico y una adecuada actitud colaborativa. Por tanto, esta metodología rinde sus mejores frutos donde los participantes están más enfocados en “aprender” que en “enseñar”.
El management es más arte que ciencia: no consiste tanto en dominar herramientas cuantitativas o cualitativas, como en tomar decisiones acertadas en entornos cambiantes que requieren visión estratégica y manejo de personas.
Un auténtico gerente posee don de mando, liderazgo, administración eficiente de recursos materiales y más que todo intangibles.
La administración es un instrumento, una metodología, pero si carece de integridad, sus alcances estarán fragmentados.
Cuando para cumplir una meta de ventas el empresario explota a su equipo comercial, probablemente obtenga exitosos resultados al final del periodo, pero es posible que pronto experimente rotación de personal o descubra fracasos éticos por las prácticas ilícitas que cometieron sus vendedores con tal de complacerle.
Es por esto que la enseñanza del management requiere una fuerte carga ética, puesto que la labor de un directivo no se reduce a la gestión eficaz de recursos, sino también a la promoción de los valores que motivan a los colaboradores.
Dirigir supone visión de conjunto: entender la repercusión entre finanzas, ventas y operaciones; pero al mismo tiempo relacionarse con las personas, conocer sus expectativas de desarrollo del talento y comulgar con los principios que rigen sus vidas.
Si esto último no sucede, tarde o temprano la confianza se romperá, y la confianza es como una copa de cristal: una vez que se quiebra, nunca se recupera.
En un breve coloquio que pude compartir con Doménec Melé, director del Departamento de Etica del IESE, aclaraba que hacer un buen negocio no es lo mismo que hacer un negocio bueno, porque este último aunque rentable, puede ser muy “turbio” o no estar alineado con los valores que profesa una organización.
La ética entonces consiste en algo más que una técnica: es madurar, desarrollar un criterio de actuación, una postura recta ante la vida, tanto en lo personal como en lo profesional.
Desde esta perspectiva, la metodología del caso debe ser un vehículo para enseñar a tomar buenas decisiones desde un criterio de rentabilidad y moralidad.
Un ejecutivo debe procurar maximizar los beneficios que administra, pero lo logrará de una manera más plena cuando simultáneamente sirva a la sociedad y a quienes se relacionan con él.

Roy Campos Retana
Instituto de Estudios Empresariales