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Martes 11 Noviembre, 2008

Crisis global y América Latina

Se fue tan rápido como vino, el desacoplamiento. Duró pocos meses (de agosto de 2007 a mediados de 2008), en los cuales Latinoamérica pensó que saldría bien librada de la crisis internacional. Mientras que el cáncer subprime se propagaba en el mundo industrializado, en Latinoamérica las cosas se veían bien. Las monedas se fortalecían, los bancos centrales acumulaban reservas, la inversión directa extranjera no decaía, los pronósticos de crecimiento para 2008 se revisaban hacia arriba, y Perú y Brasil ingresaban al club de países con “grado de inversión”.
El oasis del desacoplamiento fue el resultado del acelerado incremento de precios de commodities (petróleo, cereales, metales industriales), que más que compensó las fuerzas adversas de la turbulencia financiera y desaceleración económica en países ricos. No todo fue perfecto: un factor irritante fue el repunte de la inflación, gatillado por precios internacionales de cereales y combustibles en ascenso y exacerbado, en varios países, por el recalentamiento de la economía. Armados de una política monetaria más robusta, los bancos centrales latinoamericanos salieron al encuentro de la inflación subiendo las tasas de interés. De pronto, sin embargo, la inflación pasó a segundo plano y el oasis se esfumó.
Desde más o menos mediados de 2008, los precios de commodities empezaron a bajar precipitadamente al tiempo que la crisis financiera se globalizaba y la economía mundial entraba en aguda desaceleración. La convergencia de estos tres factores configuró una “tormenta perfecta” para Latinoamérica, inaugurándose así la fase del reacoplamiento en que ahora vivimos. Como resultado, la región se ha unido a la caída mundial de mercados accionarios, sus monedas se han depreciado violentamente, hogares, empresas y gobiernos sienten la restricción del crédito, las remesas caen y las proyecciones de crecimiento para 2009 se revisan hacia abajo casi de una semana a otra —todo esto en medio de una gran incertidumbre sobre el futuro de la economía y finanzas mundiales.
En mayor o menor medida, durante la última década los gobiernos latinoamericanos pusieron en práctica sanas políticas que redujeron la vulnerabilidad económica ante choques exógenos. En particular, la combinación de mayor flexibilidad cambiaria con mercados de deuda en moneda local más desarrollados contribuyó a mitigar los descalces de moneda en los balances financieros de deudores (en el pasado, dichos descalces crearon propensión a “frenazos bruscos” en los flujos de capital). A esto se sumó un mejor manejo de las finanzas públicas que llevó a la reducción de la deuda de gobiernos en relación al PIB.
Hay economistas que nos recuerdan que “no todo lo que brilla es oro” y parte de la menor vulnerabilidad es aparente pues refleja la “buena suerte”, resultado de la bonanza de precios de commodities y gran liquidez que caracterizaron al mundo en años pasados. Pero la buena suerte es solo parte de esta historia. La otra parte, y no menor, tiene que ver con mejoras fundamentales en la calidad de la política económica.
Pero por mejor que haya hecho los deberes, Latinoamérica no es inmune a una crisis internacional de la envergadura de la actual. Vivimos en un mundo interconectado. El que un importador en Europa, Rusia o Estados Unidos enfrente menor demanda en su país y carezca de crédito impactará el potencial exportador de la región. La responsabilidad de esta crisis reside en los países ricos y ciertamente van a sufrir “justos por pecadores”. Pero es precisamente en medio de la crisis que los beneficios del buen manejo económico pasado saldrán a relucir —amortiguando el golpe externo y facilitando el retorno al crecimiento cuando pase la tormenta.
La región está mejor preparada para evitar que el problema inevitable de flujos (la caída de ingresos fiscales, el menor crecimiento del PIB, la restricción del crédito,) se convierta en un problema de stocks, esto es, en corridas fulminantes contra los activos latinoamericanos. Pero aún el manejo de problemas de flujo será difícil y pondrá a prueba a las políticas monetarias y fiscales.
Para la política monetaria el desafío será si, cuándo, y cuánto aflojar. La flexibilidad cambiaria unida a mercados más profundos de deuda en moneda local abren, en principio, espacio para política monetaria contracíclica. En la práctica, el rango de maniobra dependerá no solo de la inflación, sino también del grado de estrés al que estén sometidas las monedas y los sistemas financieros domésticos. En general, países con bancos centrales autónomos y robustos procesos fiscales están mejor posicionados frente a este desafío.
El desafío de política fiscal consistirá en administrar la inevitable caída de la recaudación (asociada a la desaceleración económica y el bajón en el precio de commodities) protegiendo ciertos gastos (en educación, protección social, infraestructura) que son vitales para evitar un innecesario aumento de la pobreza y sentar bases para el crecimiento a futuro. Afortunadamente, los gobiernos de la región no están contribuyendo a exacerbar la crisis y por ello retienen alguna capacidad para apuntalar la economía con intervenciones fiscales. En la práctica, el espacio de maniobra fiscal varía mucho de país a país y dependerá de la existencia de ahorros acumulados en los buenos tiempos (Chile es el líder indiscutible en este respecto), del grado de rigidez del gasto y del espacio para endeudarse prudentemente.

Augusto de la Torre
Economista en jefe para la región de América Latina y el Caribe del Banco Mundial