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Crisis confunde a líderes latinos


Sao Paulo
Bloomberg

La crisis financiera mundial producirá una importante redistribución de la riqueza alrededor del mundo, y no todos los mercados emergentes la aprovecharán.
Las deficiencias históricas de Latinoamérica, como una dependencia excesiva de las exportaciones de materias primas y grandes limitaciones presupuestarias, están combinándose con un renacimiento de una mentalidad errada progobierno y antimercado. Si se traducen en política económica, estas debilidades afectarán la productividad, incrementarán la corrupción y harán peligrar las posibilidades de que América Latina fortalezca su papel en la economía mundial.
De 1970 al 2007, la cuota latinoamericana del producto interno bruto mundial se mantuvo en 5,7%, mientras que Asia aumentó su cuota de 18 a 29%, según datos de las Naciones Unidas.
En treinta años China sextuplicó su participación en la economía mundial, desde menos de 1% en 1980 a 5,9% en 2007, mientras que la cuota de la India aumentó a más del doble, hasta 2,6%. Latinoamérica no tuvo tal éxito. Como porcentaje de la economía mundial, Brasil cayó desde un máximo de 2,4% en 1980 a 2,1% el año pasado, México de 1,4% a 1,2%, y Argentina de 0,94% a 0,77%.
Estos datos deben servir de alerta a los latinoamericanos. Entre 2003 y 2007, cuatro factores engañaron a la región: materias primas, comercio, moneda y crédito.
El precio de las materias primas subió, lo que a su vez estimuló el comercio y generó superávits comerciales importantes. La fuerte entrada de capital externo fortaleció las monedas locales y permitió a los países pagar su deuda externa y acumular reservas internacionales. Y aun cuando la región no incrementó su cuota de la economía mundial, sí logró una mejor posición crediticia que la ayudó a financiar una expansión mayor que el mediocre desempeño de los años ochenta y noventa del siglo pasado.
Tan pronto como la burbuja inmobiliaria de Estados Unidos estalló y los mercados financieros empezaron a desplomarse, la mecánica de los cuatro factores antes mencionados dio marcha atrás, y Latinoamérica confrontó una dura realidad. Los precios de las materias primas cayeron, el comercio y las cuentas corrientes se deterioraron, el capital extranjero huyó, las monedas se debilitaron y las inversiones se secaron junto con el crédito.
Digan lo que digan los políticos latinoamericanos, el retroceso de los cuatro factores dificultará que la región mantenga una perspectiva económica positiva. Los muchos líderes que sugieren que el crecimiento no se estancará niegan la historia.
Entre 2000 y 2001, al estallar la burbuja de las compañías puntocom y bajar el ritmo anual de crecimiento de la economía estadounidense de 3,7% a 0,8%, la expansión de Brasil cayó de 4,3% a 1,3%, la de México de 6,6% a cero, y la recesión en Argentina se intensificó. A otros mercados emergentes tampoco les fue bien. El ritmo de crecimiento de Rusia bajó a la mitad; el de India, un cuarto. Y la expansión de China en 2001 fue la menor de los últimos ocho años.
Muchos países latinoamericanos están decididos a aumentar el gasto gubernamental para satisfacer las expectativas, mantener las inversiones a flote y sustentar el crecimiento económico. El presupuesto de México para 2009 propone el primer déficit fiscal en cuatro años, y el mayor desde 1990. El Gobierno brasileño pronostica los ingresos fiscales del año entrante basándose en un ritmo de crecimiento de 4,5%, aunque los analistas de mercado prevén una expansión de 3,35% o menos.
El que países latinoamericanos altamente endeudados aumenten el gasto gubernamental en un momento en que el mundo se encuentra al borde de una recesión debería ser motivo de preocupación, y de cuestionamientos:
¿Tienen los Gobiernos suficientes recursos para sustentar el crecimiento en una crisis crediticia? ¿Es eso posible siquiera? ¿Qué ocurrirá con los ingresos fiscales conforme la expansión económica disminuya? ¿Cómo responderá la dinámica de deuda de la región? ¿Cómo reaccionarían las calificadoras a un descontrol de la deuda latinoamericana?
Lo que da carácter inquietante a estas preguntas es que muchos presidentes latinoamericanos parecen considerar la reciente nacionalización mundial de los bancos --un acto de desesperación forzoso dada la crisis crediticia-- una justificación para aumentar el tamaño del Gobierno todavía más.
“Yo nacionalizo empresas estratégicas y me critican, pero cuando Bush lo hace, está bien'', dijo el presidente venezolano Hugo Chávez el 21 de septiembre. Y agregó: “Bush está volviéndose socialista. ¿Cómo está, camarada Bush?''
El 23 de septiembre, en un discurso pronunciado en la Asamblea General de las Naciones Unidas, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner resumió la impresión preponderante entre los líderes latinoamericanos en la actualidad: “Nos dijeron que el mercado lo resolvería todo, que el Estado no era necesario, que la intervención estatal respondía a la nostalgia de grupos que no entendían la manera en la que la economía se ha desarrollado''.
Los latinoamericanos no pueden permitir que los engañen ideologías, dogmas, la amargura o un sentido de venganza. Si bien es cierto que las crisis bancarias siempre han requerido intervención gubernamental, también es cierto que los Gobiernos no pueden reemplazar a los mercados como la mejor manera de distribuir recursos económicos escasos. Del Gobierno los mercados necesitan regulación y supervisión, no oposición.
Si los líderes latinoamericanos siguen confundiendo los sucesos actuales como una oportunidad para inflar el Gobierno - mientras que Asia va en la dirección opuesta y China permite a los agricultores arrendar e intercambiar terrenos-- Latinoamérica quedará condenada a una porción insignificante de la riqueza mundial por muchos años.


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