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Historia y ambiente se combinan en exitoso desarrollo turístico
Conciencia ambiental con sabor a caña de azúcar
Refugio de Vida Silvestre El Viejo no solo suma terrenos a las tierras protegidas de Guanacaste, sino que incentiva un desarrollo industrial más prudente

En medio de la sabana guanacasteca, una iniciativa de preservación se impuso al ímpetu agroindustrial.
Dos mil hectáreas de tierras fértiles son hoy una reserva ecológica, en lugar de sumarse a la producción de caña de azúcar.
El Refugio de Vida Silvestre El Viejo nació como parte de una idea para darles la mejor utilización a las tierras propiedad de uno de los mayores productores de azúcar del país.
Durante más de 30 años, las 2 mil hectáreas que alberga esa zona protegida no fueron más que sectores de pastoreo de ganado, o áreas con inclinación a incendiarse en el verano, situación que cambió con una idea renovadora.
“Con la apertura de garantías para la comercialización del azúcar, en los mejores mercados del mundo, fue muy tentador sembrar esa área con caña”, argumentó José Alvaro Jenkins, gerente general de El Viejo Wetlands.
Pero pudo más la conciencia; el fundador de lo que es El Viejo, mi padre, no se lo pensó dos veces para mantener esas tierras como refugio, añadió Jenkins.
Al rescate de las 2 mil hectáreas de bosque seco —uno de los pocos que hoy tienen la garantía de permanecer intactos en el mundo— se suman las obras de restauración de una casona guanacasteca construida en 1870.
El inmueble ha contado entre sus propietarios, a personajes como el ex presidente nicaragüense Anastasio Somoza, y su homólogo costarricense Próspero Fernández, entre otros históricos políticos centroamericanos.
La casona se convirtió en el eje principal de un complejo turístico que ofrece tours de avistamiento de aves, un canopy certificado, así como los atractivos de una granja orgánica y un trapiche.
“Con el salvamento de la casa, también vinieron los corrales de piedra y otras áreas propias de la época colonial costarricense”.
En medio de este ambiente, hemos propiciado la generación de empleo dirigido sobre todo a las mujeres de la zona; se trabajan artesanías, comidas típicas y se detalla en buena forma la usanza colonial nuestra, agregó el empresario.
El esfuerzo por mantener el refugio complementa la forma de manejar las demás atracciones.
Mientras la generación eléctrica para las instalaciones es a base del consumo del bagazo de la caña o bien a través de paneles solares, el traslado de los visitantes se hace en vehículos eléctricos.
A pesar de haber probado su potencial como negocio, la prioridad de quienes encabezan la empresa no es su explotación masiva.
Ya sea en el punto más bajo de la demanda, o bien durante las mejores semanas de la temporada alta, el complejo mantiene un límite de visitantes.
“Sin importar los argumentos, la política es de no recibir más de 120 turistas cada día. Se trata de no impactar más de lo recomendable el ecosistema, porque sabemos que si afectamos el ambiente, vamos matando todos nuestros negocios”, finalizó Jenkins.

Ernesto Villalobos
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