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Crónica de un día en la León XIII
Ciudad prohibida
Habitantes del barrio viven entre drogas y asaltos
A las 5 a.m., Jenifer Lizano se levanta en una casa fría y silenciosa de 70 metros cuadrados, se viste un pantalón de algodón y un suéter de su hijo, Anthony, y sale a comprar el desayuno.
La casa se encuentra en el barrio Garabito, de la León XIII, a escasos 100 metros de la peligrosa zona “Las Tenis”, donde recientemente asesinaron al sobrino de Jenifer, un joven de 15 años, por una disputa entre pandillas.
A la vuelta de su casa, la pulpería parece una celda, con la puerta y los estantes tras las rejas. “NO SE DA FIADO”, dice un letrero de cartón. “Dios guarde, si me sacan una foto me matan”, dice Ana, la dependienta de la tiendita.
Cuando el dinero sobra, la comida de la casa de Jenifer es abundante; mortadela con chile, pan y jugo de naranja. Esa mañana de marzo, ella con Anthony, de 17 años, solo comen pan, natilla y un par de huevos cada uno.
Después de que Anthony salga hacia el colegio, Jenifer va a trabajar.
A las 7 a.m. camina por la destartalada acera de la Alameda 2, a esa hora, salen otras personas a trabajar, así como la gente que no hace nada.
”Regálame algo para comer”, le dice un indigente, le da un par de monedas de ¢100, sabe que más bien es para la primera dosis del día, pero prefiere entregar la limosna a ser asaltada.
Pasa por una muralla, cuyo grafiti anuncia, “Pacos malditos”, a la par está de pie el custodio de un camión repartidor, mano en la pistola, mientras el agente deja la mercadería en una pulpería.
Las alcantarillas y aceras a esas horas de la mañana están cargadas de basura, que "adorna" la comunidad desde la entrada hasta el cruce de Las Tenis.
Jenifer camina por la guardería de Clara Barquero, al frente de la Escuela León XIII, que abre sus rejas antes de las 7 a.m. La pequeña guardería está protegida por gruesos barrotes y una malla metálica.
Tres encierros de bebés están sobre el piso, al lado una mesa con un pequeño televisor. Una de las antenas está quebrada mientras la otra sigue erguida tratando de atraer una señal.
Son los bebés de entre año y medio y tres años, de las mujeres de la León XIII, que salen en la mañana a trabajar a la ciudad.
“Hace diez años, se podía caminar y vivir aquí”, dice Carmen, asistente de Clara. “Ahora, el gobierno nos ha olvidado”.
En la calle, además pasa gente que llegó al barrio en los últimos años; algunos colombianos, otros nicaragüenses; muchos en busca de trabajo, todos pobres.
A esas horas, los escolares caminan hasta la Escuela León XIII de la mano de su madre; otros menos afortunados lo hacen solos. De las alamedas, las personas que se dirigen a su trabajo cierran los portones con candado y recorren las calles, esquivando la tertulia mañanera de indigentes y alcohólicos.
La escuela está cercana a una plaza de deportes, allí están sentados cinco adictos vacilando y tomando una pachita.
En la escuela propiamente, varios chicos —de una población de 1.200— corren felizmente por el área de juegos.
Mientras tanto, el exterior está protegido por alambre navaja y una malla, el portón principal está custodiado por seguridad privada.
“Hay padres de familia aquí, más héroes que Juan Santamaría”, dice Rocío Vargas, directora de la escuela.
Ya para las 8 a.m., tras su trayecto por el Bronx capitalino, Jenifer llega al pequeño salón parroquial, donde trabaja, allí se reúne la asociación de mujeres empresarias de la zona, muchas la esperan cargando bolsas, que contienen los materiales de trabajo para confeccionar adornos, que luego venderán a los vecinos, y hasta afuera, para llevar algún sustento a la casa.
Todas son madres de familia, que han perdido de forma violenta algún ser querido, víctima de los enfrentamientos con las pandillas, ni siquiera tanto por los narcos, que las dejan en paz, mientras ellas a cambio no llamen a la policía.
Ahora el verdadero problema son las pandillas de asaltantes. “A mi hijo lo mataron porque él no quiso darle un cigarro a uno de ellos”, recuerda Flor Ramírez.
El fieltro, plástico y la pistola para la inyección del silicón caliente salen de la bolsa de Emilia, otra integrante de la asociación; los deja sobre la mesa, y junto a las demás inicia la confección de adornos para el hogar.
Por un rato, en un mediodía soleado, la León XIII casi parece una comunidad normal, la gente circula por sus alamedas con rostro despreocupado.
Estela, una señora de la tercera edad, camina cargando una bolsa con verduras y legumbres, en el fondo, un cuarto de bistec para preparar el almuerzo para ella y su marido.
Fuera del salón de las mujeres, a la entrada del barrio Las Tenis, se extiende una fila de taxis, esperando hacer negocio.
Sin embargo, todos los vehículos son piratas, ningún taxi normal se atreve a quedarse parqueado en el barrio, tampoco casi no entran ambulancias ni patrullas policiales.
Al mediodía, las integrantes de la asociación dejan el salón. Los tres candados vuelven a cerrar la puerta de metal.
Jenifer también vuelve a casa.
En la calle donde vive, centenares de viejas tenis cuelgan del tendido eléctrico, marcando el territorio de la banda Los Tenis, que disputa el territorio del barrio con las pandillas El Martillo y el San Judas, para la venta de marihuana, crack y cocaína.
Mientras abre el portón de su casa, Jenifer observa algunos jóvenes, conversando en la esquina. Uno de ellos le pasa al otro el cigarrillo de marihuana.
En la casa, Jenifer prepara el arroz del almuerzo, sobre la pequeña olla vierte cebolla y chile dulce picados, y coloca en la mesa del comedor el pichel plástico con refresco de naranja, el plato con pan en rodajas y la ensalada de lechuga y tomate, tapada con una servilleta de tela con figuras de flores.
Para esa hora, segura de que el portón está cerrado, tiene la puerta abierta y deja entrar aire a la casa.
Desde la cocina puede ver a los jóvenes circulando. La impaciencia por la llegada de Anthony solo queda en el olvido cuando los titulares del noticiero llaman su atención.
Con sandalias y ropa cómoda, Jenifer mira la televisión y para cuando llega su hijo ambos se sientan a degustar el almuerzo de arroz, plátano y pescado.
Desde su DataCard, ella se dedica a navegar en Internet. Revisa su Facebook y hace uno que otro comentario sobre la agrupación de mujeres. Envía un e-mail a José María Tijerino, ministro de Seguridad, donde le recuerda las promesas incumplidas.
Anthony sale de la casa para visitar a su abuela, que vive al frente.
En la tarde, Jenifer recibe la visita de su vecina Emilia, por un rato olvidan los problemas del barrio, analizan los precios de los adornos de fieltro, y miran tele, es la hora del Clon, en un momento tenso para el protagonista Lucas, que se encuentra con el esposo de su enamorada Jade. “Tan guapo, Lucas”, suspira Emilia.
A las 5 p.m., ambas dejan su tertulia y comienzan con la cena.
Afuera, los jóvenes pandilleros se agrupan a conversar o compartir la marihuana o la piedra de crack.
Poco después, Anthony regresa.
Los portones están cerrados. Jenifer ve televisión, mientras Anthony escucha música en su habitación. Le gusta el reguetón.
Desde la calle, se oyen los gritos de enojo, o las risas de los adictos.
El cielo se pone oscuro, y Jenifer se prepara para el descanso.
“Espero no escuchar balaceras en la noche dice, ni encontrar un muerto en la calle por la mañana”.

Tierra de nadie
En los últimos años, varios barrios del Area Metropolitana se han convertido en zonas de guerra, incluidos la León XIII, Montes de Oca, El Carmen y La Carpio, así como algunos de los Hatillos.
En la León Xlll durante 2010 murieron más de dos personas por semana de forma violenta, mientras 485 fueron heridas con arma blanca o de fuego.
En el mismo barrio, 1.250 personas de cada 10 mil consumen drogas, según el estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, superado únicamente por la zona del Carmen.
Cada uno de esos barrios tiene sus características únicas; a la vez, todos comparten los mismos problemas, sobre todo una violencia tan severa que ni siquiera la policía es capaz —o está dispuesta— a ingresar a esas áreas.
La causa directa de mucha de la violencia tiene que ver con la incursión de drogas; sin embargo, estas son más bien el síntoma de varios problemas más profundos, incluidos los cambios demográficos, así como el deterioro familiar y hasta la influencia de los medios.
En lo que a la demografía se refiere, en esos barrios han llegado nuevos vecinos inestables. En parte campesinos, para muchos de ellos ajustarse a la vida urbana ha sido difícil, sobre todo los jóvenes.
También han llegado extranjeros, más que todo nicaragüenses, con aún menos recursos financieros, que se ven obligados a vivir en tugurios, que incrementan la sensación de inestabilidad.
Muchos de los residentes han experimentado el mismo fenómeno que el resto del país, un incremento en la tasa del divorcio, con el agravante de que cuando la estructura familiar sufre deterioro, la gente pobre cuenta con menos recursos, para enfrentar los retos económicos y sociales.
A esto se agrega la influencia de los medios, incluso varias películas y programas televisivos, así como la música popular, que exaltan el estilo de vida gansteril, y la violencia en general, además el acceso a más canales comerciales con una avalancha de promociones, que podrían estimular en algunos jóvenes la expectativa de una gratificación instantánea.
En este ambiente, la droga presentaría una alternativa; para algunos traficantes, es un negocio altamente rentable, mientras el usuario puede narcotizarse, y así no pensar, al menos por un tiempo, en los problemas de su barrio pobre y peligroso.

Cristian Leandro
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