Alberto Cañas

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Miércoles 14 Diciembre, 2011


CHISPORROTEOS

A veces se siente uno tentado a creer que los costarricenses no vivimos en un país sino en dos. Y por más esfuerzo que haga, no logra establecer ni siquiera un parentesco lejano entre esos dos países.
Paul Woodbridge, hijo de uno de los mejores amigos que he tenido, por quien profesé un cariño y una amistad cuyas dimensiones constituyen hoy día una de mis principales nostalgias, denunció la destrucción infame que han venido haciendo (¿quiénes? ¿los de siempre?) en el hermoso Monumento al Agricultor, obra de nuestro inmortal Paco Zúñiga, que un acto de tontería colocó en un lugar donde hasta costaba verlo: el parque o como se llame que está en Alajuela a la entrada del aeropuerto que debería llevar el nombre de Román Macaya.
Dichosamente, intervinieron autoridades del Ministerio de Cultura, y el monumento ha sido traído, para su reconstrucción al Museo de Arte Costarricense. Ojalá que cuando quede reconstruido no lo vuelvan a colocar donde la Municipalidad de Alajuela jamás dio señales de que le interesaba. Ojalá el Ministerio encuentre un sitio mejor para ubicarlo cuando lo reconstruyan.
El domingo pasado, para complacer a una pequeña bisnieta que recibe clases de danza, concurrí con miembros de mi familia a la función matinal con que se despedía la producción (dichosamente anual) del ballet de Tchaikosvky El Cascanueces. En el Teatro Nacional no cabía un alfiler, y bastaba ser y saberse costarricense para notar que el entusiasta público pertenecía fundamentalmente a nuestra clase media, lo mismo que las talentosas jóvenes bailarinas que se lucían y esplendían en el escenario (Los varones eran norteamericanos). La que estaba allí, disfrutando con entusiasmo, era esa clase media a la que mi generación se empeñó en fortalecer, en aumentar, en convertir en la columna vertebral de un país que marcha hacia adelante. Esa clase media que, en este sector centroamericano-caribeño, sólo Costa Rica posee y eso nos diferencia y nos distingue.
Dos Costa Ricas. Sí, dos Costa Ricas. Y me atrevo a afirmar que la otra, la pachuca, la que destruye la obra de Paco Zúñiga, es la Costa Rica que, admitamos que sin proponérselo, cons (o des) truyeron quienes se dedicaron a experimentar con la enseñanza primaria y echaron a perder la primaria y la secundaria que tanto nos enorgullecían en nuestra época liberal.
Lo que aquel público entusiasmado aplaudía en el Teatro Nacional, las muchachas que se lucían bailando en el escenario, no eran producto de esa educación sino de otra cosa y otras preocupaciones que hasta 1986 no interesaron a nuestro Ministerio de Educación, pero le comenzaron a interesar cuando Francisco Antonio Pacheco llegó a él.
Dos Costa Ricas: una lamentable, otra enorgullecedora, que conviven. ¿Cuál terminará por prevalecer?

Alberto F. Cañas
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