Alberto Cañas

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Sábado 3 Octubre, 2009


CHISPORROTEOS


No hay que ser demasiado viejo para recordar que hubo una época, más o menos a partir de 1960, en que en los cines de Costa Rica, a pesar de que, como en los del resto del mundo lo que más abundaba era el producto de Hollywood, se podían ver regularmente, películas provenientes de todas partes.

De México venía absolutamente todo, incluyendo los espantosos mamarrachos que nos brindaba, pero también lo bueno, que era muy bueno. Veíamos abundante cine argentino, y de Europa llegaba mucha producción italiana, británica, durante unos años hasta que el público se aburrió de las novelitas rosas, alemana, y por supuesto francesa, y bastante cine español, no solo las películas de cantantes adolescentes, sino también el de Bardem y Berlanga. De cuando en cuando llegaba cine soviético y se proyectaba en los cines de postín, no en cerrados festivales. Fue famoso el escándalo que una señora quiso hacer en La Nación porque en el cine Rex, que era el de más postín, se estaba proyectando una versión soviética de “Hamlet”. Y de cuando en cuando se nos ofrecía alguna película japonesa, que a nuestro público no le interesaba demasiado, pero aquí vimos comercialmente, dos piezas célebres de Kurosawa: “Rashomon” y “Derzu Usala”.

Pero desde hace por lo menos un par de décadas, desde que las empresas Raventós y Urbini se desactivaron, vivimos algo parecido a un monopolio hollywoodense, que ni siquiera nos trae, como sucedía antes, todo lo de Hollywod. ¿Cuánto hace que no vemos una película de Woody Allen?

Todo lo anterior, para celebrar que en el Teatro Variedades tengan un festival de cine mexicano, concretamente del director Julio Bracho. Bracho fue el primer director mexicano que se distinguió por la calidad artística y cinematográfica de sus obras. Luego aparecieron Emilio Fernández, Roberto Gavaldón, Ismael Rodríguez y Luis Alcoriza (aunque este fue de escasa producción). Pero el cine esteticista y de alguna manera folklórico de Fernández, opacó las preocupaciones artísticas y temas urbanos de Bracho, que pronto tuvo que alternar sus proyectos personales con el cine más culebronero.

El festival que ahora se celebra, subraya, al menos en la publicidad, dos películas interesantísimas: la melodramática pero muy digna adaptación de la novela “El Niño de la Bola”, de Pedro Antonio de Alarcón con el título pobrísimo de “Historia de un Gran Amor”, y “Distinto Amanecer”, brillante adaptación de una pieza teatral del exiliado español Max Aub. No sé si figura la que más fama le dio a Bracho, que fue una comedia de época, “Ay qué Tiempos, Señor don Simón” y seguramente falta (porque no aparece por ninguna parte) su brillante filmación de la zarzuela “La Corte de Faraón” que protagonizó la inolvidable estrella puertorriqueña Mapy Cortés.

En todo caso, es menester afirmar que el cine de Julio Bracho ha sido injustamente olvidado y que es muy bueno que lo estén reponiendo con ese pequeño festival, pues es de lo mejor que se ha hecho en México (y en toda América Latina, pues las películas de Bracho tenían cierto parentesco estético con lo mejor que entonces se hacía en Buenos Aires). Y perdonen esta intrusión de parte de un antiguo cronista de cine que dejó de serlo hace más de veinte años.

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