Cantera
Camino de Santiago

Etapa II

El origen del camino Sanabrés o Mozárabe, que va de la mano de El Camino de la Vía de la Plata, asciende desde el sur de España y se conforma por una extensa red de pequeñas peregrinaciones hacia la red de los antiguos monasterios, fundados en la repoblación mozárabe y es por donde actualmente el camino surca.
Las constancias de este camino para peregrinos datan desde antes de la fundación de la Cofradía de los Falifos (1342) a los pies del Santuario de la Virgen de la Carballeda, hermandad que aún sigue vigente, propietaria del actual albergue de peregrinos.
También hay constancia de albergues de peregrinos en Verin, Monterrei, Allariz y Orense. La figura más antigua y conocida de Santiago con indumentaria de peregrino, del siglo XII, está ubicada en un portal de la iglesia de Santa Marta de Tera, y se ha conformado en un profundo símbolo de este camino.
Lleva un zurrón decorado con una concha y un cayado en la mano derecha y su mano izquierda abierta a mano de saludo, es una escultura bella y sobria. Nos refleja un caminante en paz y armonía con él mismo, con la tierra a su paso, su inequívoca señal de pescador andariego y su saludo, ese estar con los otros iguales, que trajo el cristianismo en su nueva palabra; propagada por los camino, en los andares del apóstol Santiago.
Así que en el andar de la Via da Prata (que deviene del árabe balot: camino empedrado) y el Camino Mozárabe, espacios donde se unen los caminos militares antiguos de la Roma Imperial, de los árabes de Al-Andaluz, de los pobladores originales, de los celtas, del antiguo y atávico transitar de los humanos buscando mejores estancias para hijos, para espíritus y lenguas, dejando huellas. Iniciamos nuestra ruta en la antigua Salamanca, y en su albergue a orillas del río Tormes y su emblemática Casa de las Conchas, y el majestuoso Puente Romano.
Transitamos dos días en ella, porque no me cabe duda que esta ciudad es femenina, su altivez y belleza lo manifiesta en cada callejuela y rincón. Y sí, está hermosa en este verano y bajo la sombra inquebranta de Miguel de Unamuno, anduvimos por el Puente Romano, sintiendo la profundidad de las huellas de los peregrinos de tantos siglos y futuros.
¿De qué color es la tierra?, ¿es del agua del río, es del cielo?
Casi que el aire lleva color, o sol.
Será la luz solar la que dispone la tonalidad amarillenta, los sembradíos de girasoles florecidos y todo se hace ocre, amarillo cielo, intensos verdes y pajizos pastos, y las pequeñas flores de los romeros florecidos… y el olor; olor a cielo de aire, a libertades por tierras y esa esencia atávica de los pies hechos pasos en movimientos, de sentir el cuerpo fuerte, y que nada nos detiene.
La libertad, sí, como escribió Machado en su final y en su búsqueda de libertad perdida: “Caminante no hay camino se hace camino al andar”. Mi hijo llevaba la hermosa canción de “Cantares”, de Joan Manuel Serrat, como señal de inicio en la partida, de: uno, dos, tres, empezamos a andar: “Caminante no hay camino se hace camino al nadar”.
Dejamos atrás Salamanca.

Macarena Barahona




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Sábado 28 Julio, 2012

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